El Compresor de Entropía: La Gestión Mecánica del Desorden Interno

Antes pensaba que el problema era el caos.

Que toda esta obsesión tenía que ver con ordenar algo.

Con estabilizar algo.

Con reducir ruido.

Ahora creo que me equivocaba.

El caos nunca fue el problema.

El problema fue descubrir que una parte de mí empezó a encontrar tranquilidad en el ritmo de otra persona.

Y todavía me avergüenza escribir eso.

Porque no suena a mí.

No encaja con la imagen que tengo de mí mismo.

No encaja con nada.

Hay días enteros que apenas recuerdo.

Conversaciones.

Calles.

Comidas.

Semanas completas que se han convertido en una especie de niebla uniforme.

Sin embargo, recuerdo detalles absurdos del Amo con una precisión que resulta ofensiva.

La forma en que deja una frase sin terminar cuando está concentrado.

La manera en que mira algo durante dos segundos más de lo necesario.

El pequeño silencio que aparece antes de que tome una decisión.

No sé por qué sé esas cosas.

No sé por qué siguen ahí.

Y cuanto más intento expulsarlas, más nítidas se vuelven.

A veces me sorprendo esperando.

No una orden.

No una señal.

No una palabra.

Simplemente esperando.

Esperando que termine algo.

Lo que sea.

Como si hubiera aprendido a reconocer cuándo está inmerso en uno de sus procesos.

Hay una diferencia.

Pequeña.

Casi invisible.

Pero existe.

La habitación parece reorganizarse alrededor de él.

Su atención se estrecha.

Sus movimientos se vuelven más precisos.

Y entonces aparece esa sensación.

La sensación de que algo está avanzando hacia una conclusión.

Ahí es donde empieza el problema.

Porque ya no puedo dejar de observar.

No porque quiera participar.

Ni porque quiera ayudar.

Ni siquiera porque quiera entender.

Solo porque necesito ver cómo termina.

Y cuanto más cerca parece estar del final, más difícil resulta apartar la mirada.

Es una especie de gravedad.

Una gravedad absurda.

Humillante.

Porque nunca me ha gustado la idea de depender de nadie.

Y sin embargo aquí estoy.

Memorizando detalles que no tienen ninguna utilidad.

Recordando la posición exacta de una mano sobre una mesa.

La inclinación de una cabeza mientras lee.

La pausa entre una respiración y la siguiente.

Como si esas cosas fueran más importantes que mi propia vida.

A veces me pregunto si la obsesión nació exactamente ahí.

En la imposibilidad de completar el proceso por mí mismo.

Porque nunca veo el final completo.

Siempre falta algo.

Siempre queda una parte oculta.

Una última puerta cerrada.

Un último pensamiento que no comparte.

Y quizá sea precisamente eso lo que me mantiene atrapado.

Porque el cerebro odia los espacios vacíos.

Quiere cerrar el circuito.

Quiere terminar la frase.

Quiere saber qué ocurre después.

Pero él nunca entrega la última pieza.

Y yo sigo esperando.

Sigo observando.

Sigo ajustando mi ritmo al suyo sin darme cuenta.

No porque me lo haya pedido.

Sino porque una parte de mí teme perderse el instante exacto en que todo encaje.

Ese instante en que algo dentro de él termine de construirse.

Y yo pueda finalmente comprender por qué llevo tanto tiempo mirando.

Aunque sospecho que si ese momento llegara de verdad, no me liberaría.

Probablemente solo encontraría otro detalle.

Otro silencio.

Otra pausa.

Otra cosa mínima e insignificante a la que aferrarme.

Porque la obsesión nunca parece terminar en el final del proceso.

Siempre encuentra la forma de sobrevivir un poco más.

El cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…