Hay una diferencia que no es evidente al principio.
No entre dolor y ausencia de dolor.
Sino entre ruido y señal.
El ruido no sirve para nada.
Solo interrumpe.
La señal no interrumpe.
Ajusta.
Empiezo a notar algo antes de poder nombrarlo.
Dolor técnico.
No sé por qué esa combinación aparece primero.
No describe lo que ocurre.
Describe lo que intento hacer con lo que ocurre.
Eso es lo extraño.
No el dolor.
Sino el hecho de que ya tiene forma cuando intento pensarlo.
No es un golpe.
No es una reacción.
Es una corrección que llega antes de la desviación.
Y eso no debería ser posible.
O quizá siempre lo ha sido.
No lo sé.
Sigo leyendo eso.
Sigo volviendo a la misma idea.
No para entenderla.
Para comprobar si sigue siendo la misma.
Ahí aparece el primer desfase.
No en lo que leo.
En el gesto de volver.
Abro la pestaña.
No estaba buscando nada.
Eso es lo primero que no encaja.
No hay objetivo.
Solo apertura.
Como si abrir fuera una respuesta anterior a la pregunta.
Cierro.
Vuelvo a abrir.
Más rápido.
Sin intención clara.
Solo ajuste.
Corrección de algo que no recuerdo haber hecho mal.
El dolor técnico aparece otra vez.
No como concepto.
Como sospecha.
Y luego como hábito.
No sé en qué momento dejó de ser extraño.
Eso es lo más inquietante.
Que ya no hay momento de inicio.
Solo continuidad.
Dejo la pestaña abierta.
No la cierro.
No hago nada.
Durante unos segundos parece funcionar.
Como si no hacer nada fuera estable.
Pero entonces aparece otra capa.
No la pestaña.
No el gesto.
Sino la duda de por qué dejar de comprobar se siente como otra forma de comprobar.
El cuello aparece.
No como símbolo.
Como interrupción.
No intento moverlo.
Eso debería ser descanso.
Pero no lo es.
Porque incluso el descanso empieza a parecer una acción.
Tengo que mover el cuello.
La frase aparece.
No como orden.
Como registro.
Como si ya hubiera sido escrita.
Antes de mí.
Antes del gesto.
Espero.
No pasa nada.
Y eso tampoco es alivio.
Es otra comprobación.
La pestaña sigue abierta.
No la miro.
Pero sé que está ahí.
Eso ya es suficiente para que no desaparezca.
La taza está al lado del teclado.
No la toco.
No necesito tocarla.
Y aun así la presencia se siente como una instrucción incompleta.
Empiezo a sospechar algo peor.
No que algo me controle.
Sino que la necesidad de comprobar si algo me controla ya sustituyó a la acción original.
El cuello vuelve.
Esta vez no pregunto si puedo moverlo.
Pregunto cuándo dejó de ser una pregunta.
No sé si la pregunta es mía.
O si aparece cuando ya no queda otra cosa que pensar.
Tengo que mover el cuello.
No lo muevo.
Y ahora no sé si eso es resistencia.
O parte del mismo ciclo.
Y entonces aparece la idea más incómoda.
Que quizá no hay un sistema.
Solo momentos en los que intento encontrar el momento en que empezó.
La frase vuelve.
Tengo que mover el cuello.
Pero ahora no empuja.
Registra.
Y eso es peor.
Porque un registro no necesita intención.
Solo repetición.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo…