Lo peor no fue firmarlo.
Lo peor fue que siguió existiendo después.
Pensé que la conversación previa terminaría cuando terminara la conversación.
Pensé que los límites volverían a ser palabras.
Pensé que el consentimiento volvería a ser un documento.
No volvió.
Sigue aquí.
No constantemente.
Peor.
Aparece.
Estoy trabajando.
Aparece.
Estoy comprando pan.
Aparece.
Estoy intentando ver una película.
Aparece.
No como un recuerdo.
Los recuerdos tienen pasado.
Esto no.
Esto tiene presencia.
A veces estoy perfectamente bien.
Perfectamente.
Riendo.
Hablando.
Comiendo con alguien.
Y entonces algo se desplaza apenas unos milímetros dentro de mi cabeza.
Nada visible.
Nada dramático.
Pero sé exactamente qué ha ocurrido.
El plano ha vuelto.
No recuerdo la conversación.
Recuerdo la existencia de la conversación.
No recuerdo las frases.
Recuerdo que existen.
No recuerdo la voz.
Recuerdo que una voz existe en algún lugar.
Y eso resulta peor.
Mucho peor.
Porque no puedo discutir con algo concreto.
No puedo responder.
No puedo corregir.
No puedo terminar la conversación.
La conversación permanece abierta.
Como una puerta que nadie cerró.
Como una pestaña olvidada.
Como una aplicación ejecutándose en segundo plano.
A veces intento pensar en otra cosa.
Funciona durante unos minutos.
Luego descubro que ya estoy pensando desde dentro del plano.
No fuera.
Dentro.
Y entonces aparece la sensación más vergonzosa.
La más difícil de admitir.
Empiezo a preguntarme si algunas partes de mí continúan comportándose como si aquella conversación siguiera ocurriendo.
Como si todavía estuviera siendo observada.
Como si todavía estuviera siendo evaluada.
Como si todavía existiera una versión futura de mí esperando una corrección que nunca llega.
No quiero pensar eso.
Pero aparece.
Y vuelve a aparecer.
Y vuelve.
Hay momentos absurdos.
Momentos completamente absurdos.
Estoy leyendo una notificación irrelevante.
Una oferta.
Una actualización.
Un mensaje sin importancia.
Y durante una fracción de segundo aparece una pregunta completamente ajena a la situación.
¿Qué pensaría él de esto?
Ni siquiera tiene sentido.
No hay ninguna razón.
Ninguna conexión lógica.
Y sin embargo aparece.
Después desaparece.
Dejándome avergonzado.
Porque nadie puede verlo.
Nadie sabe que acaba de ocurrir.
Nadie sabe que una parte de mi atención ha abandonado la habitación durante un segundo para comprobar la existencia de alguien que no está allí.
Y quizá eso sea lo que más me asusta.
No la presencia.
La comprobación.
El hecho de que siga comprobando.
El hecho de que alguna parte de mí siga buscando una referencia.
Una orientación.
No.
Orientación no.
Algo peor.
Autorización.
Y cuando descubro eso siento un cansancio difícil de explicar.
Porque ya no sé dónde termina la memoria.
Y ya no sé dónde empieza la costumbre.
Solo sé que el plano sigue existiendo.
Silenciosamente.
Sin exigir nada.
Sin moverse.
Sin hablar.
Esperando.
No puedo mover los dedos el mecanismo ha soldado el atlas con el eje siguiendo estrictamente la cláusula de inmovilidad debería…