Lo peor no es pensar en el Amo.
Lo peor es descubrir cuántas veces aparece cuando no estoy pensando en él.
Aparece antes de despertar.
En ese lugar extraño donde todavía no he abierto los ojos y el mundo aún no ha regresado por completo.
Durante unos segundos no recuerdo quién soy.
No recuerdo qué día es.
No recuerdo qué tengo que hacer.
Y sin embargo aparece él.
No como una imagen.
No como una fantasía.
Como una presencia.
Como una dirección.
Como una inclinación invisible del pensamiento.
Y eso resulta insoportablemente difícil de explicar.
Intento levantarme.
Preparar café.
Preparar comida.
Hacer algo completamente normal.
Cortar una fruta.
Llenar un vaso.
Buscar algo en un armario.
Y de repente una parte absurda de mi atención se pregunta qué diría él sobre algo tan insignificante.
Ni siquiera necesito responder.
La pregunta ya ha ocupado espacio.
Y eso basta.
A veces estoy viendo un vídeo que no tiene absolutamente ninguna relación.
Un documental.
Una entrevista.
Un paisaje.
Un tutorial.
Y de repente aparece una frase.
Una entonación.
Una pausa.
Algo mínimo.
Y mi mente realiza una asociación que no había pedido.
No quiero hacerla.
No decido hacerla.
Simplemente ocurre.
Y él vuelve a estar allí.
Lo más humillante es que cada vez prometo que será la última.
Que esta vez voy a prestar atención a otra cosa.
Que esta vez voy a comportarme como una persona razonable.
Que esta vez el pensamiento terminará donde debería terminar.
Y nunca termina.
Simplemente encuentra otra puerta.
Otra grieta.
Otro camino.
Comprendo entonces algo que me avergüenza profundamente.
No estoy luchando contra una imagen.
Estoy luchando contra una permanencia.
Porque las imágenes desaparecen.
Las obsesiones auténticas no.
Se infiltran.
Se mezclan.
Se esconden dentro de cosas que aparentemente no tienen relación.
Quizá por eso sigo regresando a Sade.
No al escándalo.
No a la provocación.
Sino a la idea aterradora de que ciertas cosas terminan organizando la realidad desde dentro.
Que una presencia puede convertirse en una arquitectura.
Que una influencia puede dejar de ser una influencia para convertirse en una forma de percepción.
Y a veces basta un detalle ridículo.
El sonido de un cinturón.
El eco seco de algo golpeando una mesa.
Un ruido que recuerda vagamente al azote del Amo.
Nada más.
Un sonido cualquiera.
Y sin embargo la habitación cambia durante un instante.
Como si algo hubiera sido convocado.
Como si una parte de mí reconociera una señal que preferiría no reconocer.
Intento razonar.
Intento alejarme.
Intento explicar por qué esto debería desaparecer.
Pero el tiempo no ayuda.
Eso es precisamente lo que resulta más incómodo.
Porque el tiempo no corrige nada.
El tiempo añade capas.
Añade asociaciones.
Añade rutas nuevas.
Añade habitaciones dentro de habitaciones.
Y un día descubro algo que no quería descubrir.
Que ya no estoy esperando olvidarlo.
Estoy esperando encontrarlo otra vez.
Y esa diferencia es mucho más difícil de admitir.
Se ha bloqueado el cuello debería…