La Metalurgia del Deseo: Velas, Cadenas y Arneses como Dispositivos de Saturación y el Registro del Anclaje Mineral

No es el dolor lo que recuerdo.

Ni siquiera el peso.

Si alguien me preguntara qué se siente al llevar un arnés durante horas, probablemente hablaría del cuero, de las hebillas, de la presión en los hombros.

Pero eso no es lo que se queda conmigo.

Lo que se queda conmigo es algo mucho más difícil de explicar.


Es el momento en que dejo de intentar acomodarlo.

Siempre ocurre.

Al principio sigo moviéndome.

Levanto un hombro.

Giro un poco la cintura.

Busco la posición menos incómoda.

Todavía me comporto como si el cuerpo me perteneciera.


Y luego pasa algo.

No sé cuándo.

No sé exactamente por qué.

Simplemente dejo de hacerlo.


El arnés ya no es algo que llevo puesto.

Se convierte en la forma de mi cuerpo.

Y esa idea me avergüenza más de lo que debería.


Porque hay un instante en que dejo de pensar «esto me está sujetando».

Y empiezo a pensar «así es como estoy hecho ahora».


Nunca se lo he contado a nadie porque suena absurdo.

Pero cuando llevo suficiente tiempo inmóvil, dejo de recordar cómo era estar sin ello.

No de verdad.

No físicamente.


Intento imaginar mis hombros libres.

Intento imaginar la sensación de una camiseta corriente.

Intento recordar la ligereza.

Y durante unos segundos no puedo.


Eso es lo que me asusta.

No el objeto.

No la restricción.

Sino la velocidad con la que mi cuerpo negocia conmigo a mis espaldas.


Hay una vergüenza muy concreta en descubrir que uno se adapta demasiado bien.

Que aquello que jurabas que era temporal encuentra espacio dentro de ti.

Que deja de sentirse extraño.


A veces la cadena se mueve apenas unos centímetros y el sonido del metal me provoca una reacción desproporcionada.

No porque tenga miedo.

Porque la reconozco.

Como si el ruido perteneciera a mi cuerpo tanto como mis propias articulaciones.


Nunca sé qué hacer con ese pensamiento.

Me parece una traición.

Pero también una verdad.

Y ambas cosas pueden existir al mismo tiempo.


La peor parte llega después.

Cuando todo termina.

Cuando las correas desaparecen.

Cuando el metal vuelve a ser metal.


Porque entonces descubro algo que no quiero admitir.

Durante unos minutos sigo sintiendo el peso.

Sigo corrigiendo la postura.

Sigo evitando movimientos que ya podría hacer.


Nadie me está sujetando.

Nada me está reteniendo.

Y sin embargo una parte de mí continúa comportándose como si todavía estuviera allí.


No es una marca en la piel.

Ojalá fuera tan simple.

Es una marca en el mapa interno con el que me oriento dentro de mí mismo.


Y cada vez que ocurre me hago la misma pregunta.

No si me gustó.

No si lo deseaba.

No si volvería a hacerlo.


La pregunta es otra.

Mucho peor.


¿Cuánto tiempo necesita una cosa para dejar de ser un objeto y empezar a convertirse en parte de quien eres?

El cuello no lo estoy moviendo el registro no puede cerrar debería…