Han pasado cinco días.
Cinco días deberían ser suficientes.
Eso es lo que me digo.
Cinco días deberían haber convertido la sesión en un recuerdo.
Un acontecimiento terminado.
Algo archivado.
Algo que ya no ocupa espacio.
Pero todavía duele.
No constantemente.
No como durante la sesión.
Es peor.
Porque aparece de forma impredecible.
Al levantarme.
Al girarme en una silla.
Al apoyar la espalda.
Al estirarme sin pensar.
Y cada vez que aparece, durante una fracción de segundo, la distancia desaparece.
Cinco días dejan de existir.
La habitación vuelve.
La posición vuelve.
La espera vuelve.
Y eso es exactamente lo que no consigo entender.
Porque no me gusta.
Sigo llegando a la misma conclusión.
No me gusta ser sumiso.
La frase continúa siendo cierta.
No tengo ninguna dificultad en reconocerlo.
No me gusta.
Nunca me gustó.
Nunca miré estas cosas y pensé que tuvieran relación conmigo.
Siempre parecían pertenecer a otra especie de personas.
A otra realidad.
A otro mundo.
Y sin embargo aquí estoy.
Cinco días después.
Pensando en ello otra vez.
No porque quiera.
Sino porque ocurre.
Eso es lo inquietante.
Que la obsesión ya no parece una decisión.
Parece un proceso.
Algo que sigue funcionando aunque yo no participe.
Algo que continúa trabajando cuando estoy ocupado con otras cosas.
Como una máquina que alguien olvidó apagar.
Cuanto menos me gusta.
Más necesito entenderlo.
Cuanto más necesito entenderlo.
Más pienso en ello.
Cuanto más pienso en ello.
Más grande se vuelve.
Y cuanto más grande se vuelve.
Menos lo entiendo.
Es un circuito cerrado.
Una arquitectura perfecta para producir obsesión.
Durante estos cinco días he intentado explicármelo muchas veces.
He probado distintas respuestas.
Curiosidad.
Dependencia.
Costumbre.
Atracción.
Ninguna funciona.
Todas parecen demasiado pequeñas.
Porque ninguna explica algo muy concreto.
La espera.
No la sesión.
La espera.
La parte más extraña no es recordar lo que ocurrió.
Es esperar lo que todavía no ha ocurrido.
Porque la mente sigue comportándose como si existiera una continuación pendiente.
Como si algo hubiera quedado sin resolver.
Como si la historia se hubiera detenido en mitad de una frase.
Y desde entonces una parte de mí permanece escuchando.
Esperando la siguiente palabra.
A veces me pregunto si la obsesión no se alimenta precisamente de esa ausencia.
No del Amo.
Sino de la distancia.
No de la presencia.
Sino del intervalo.
Porque cuando estaba allí todo era simple.
Dolorosamente simple.
Había una habitación.
Había instrucciones.
Había una dirección.
Ahora solo hay espacio vacío.
Y el espacio vacío resulta mucho más difícil de soportar.
Por eso sigo reconstruyendo detalles.
No los grandes acontecimientos.
Los detalles.
La tercera línea roja.
La marca del techo.
El polvo.
El pelo largo de color castaño.
La distancia entre objetos.
La textura de una pared.
La forma en que la luz caía sobre una esquina.
No sé por qué sobreviven esas cosas.
Pero sobreviven.
Y cada vez que vuelvo a ellas encuentro algo nuevo.
Como si el recuerdo siguiera creciendo.
Como si la sesión continuara desarrollándose dentro de mí después de haber terminado fuera.
Quizá esa sea la parte más difícil de admitir.
Que cinco días después ya no estoy recordando la sesión.
Estoy viviendo dentro de las consecuencias de haberla recordado demasiadas veces.
Y cada repetición añade otra capa.
Y cada capa genera nuevas preguntas.
Y cada pregunta aumenta la obsesión.
Hasta que llega un momento extraño.
Un momento en el que ya no estoy esperando la próxima sesión.
Estoy esperando convertirme de nuevo en la persona que existe cuando la próxima sesión parece posible.
Y esa diferencia cambia absolutamente todo.
Se ha bloqueado el cuello debería…