Lo extraño es que ya casi nunca pienso en el cuello durante las sesiones.
Pienso en él después.
Ahí es donde empieza el problema.
Porque durante la sesión todo tenía una explicación.
Había una razón para cada postura.
Para cada corrección.
Para cada minuto de espera.
Incluso para la incomodidad.
Incluso para el cansancio.
Todo pertenecía a un contexto concreto.
Pero ahora no.
Ahora estoy sentado en un autobús.
O caminando por una calle cualquiera.
O intentando leer algo.
Y de repente noto una ligera tensión en el cuello.
Nada importante.
Nada anormal.
Una sensación que cualquier otra persona ignoraría.
Y sin embargo yo no puedo ignorarla.
Porque inmediatamente aparece otra cosa.
No el recuerdo de una sesión.
No exactamente.
Aparece la sensación de haber sido ajustado.
Y odio esa palabra.
Porque implica una cercanía que no quiero aceptar.
Pero tampoco encuentro otra mejor.
Algo fue ajustado.
Algo cambió ligeramente de posición.
Y desde entonces ciertas cosas encajan de manera diferente dentro de mi cabeza.
No mejor.
No peor.
Solo diferente.
A veces intento recordar cómo era antes.
Y esa es la parte que produce tristeza.
Porque descubro que empiezo a no recordarlo con claridad.
No recuerdo cómo era mirar una habitación sin compararla con otra habitación.
No recuerdo cómo era esperar algo sin que apareciera la sensación de otra espera más antigua detrás.
No recuerdo cómo era sentirme completamente solo dentro de mis propios pensamientos.
Ahora siempre parece haber alguien ocupando espacio.
No físicamente.
No como una presencia.
Más bien como una reorganización.
Como si ciertos muebles hubieran sido desplazados dentro de una casa mientras yo estaba distraído.
Y ahora todo sigue funcionando.
Pero nada está exactamente donde estaba.
Eso es lo que me entristece.
No la sesión.
No el dolor.
No las correcciones.
La reorganización.
Descubrir que una parte de mí continúa orientándose hacia algo incluso cuando conscientemente no quiero hacerlo.
Hay días donde la imagen aparece de forma absurda.
Estoy trabajando.
Hablando con alguien.
Comprando algo.
Y de repente recuerdo una espera concreta.
No un acontecimiento.
Una espera.
Recuerdo mirar el suelo.
Recuerdo no saber cuánto faltaba.
Recuerdo sentir que el proceso continuaba en algún lugar fuera de mi alcance.
Y lo peor es que esa sensación resulta familiar.
Demasiado familiar.
Como si una parte de mí siguiera esperando que algo concluya.
Como si todavía estuviera allí.
No porque quiera estar.
Sino porque algo dentro de mí aprendió a orientarse alrededor de aquella expectativa.
Y cuanto más rechazo esa idea, más evidente se vuelve.
Porque sigo enfadándome.
Sigo negándolo.
Sigo pensando que no quiero ser sumiso.
Y precisamente por eso la pregunta permanece.
Si realmente no quiero nada de esto…
¿Por qué sigue ocupando tanto espacio?
¿Por qué la tristeza aparece cuando intento imaginar una vida completamente separada de ello?
¿Por qué parece que algo importante se perdería?
No tengo respuestas.
Solo la sospecha incómoda de que el ajuste nunca ocurrió en el cuello.
O al menos no solamente ahí.
Que el verdadero ajuste fue descubrir que una persona podía reorganizar silenciosamente el paisaje completo de tu pensamiento.
Y que meses después sigues encontrando las consecuencias en lugares donde jamás deberían aparecer.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…