Hay algo que nunca cuento porque ni siquiera sé explicarlo bien.
La gente cree que todo esto empezó por excitación.
Y sí, empezó así.
Al principio era simple.
Veía algo.
Me excitaba.
Cerraba la ventana.
Seguía con mi vida.
Lo que no esperaba era que la curiosidad sobreviviera a la excitación.
Eso fue lo raro.
Porque el cuerpo se calmaba, pero la cabeza no.
Empecé a buscar cosas que ya había visto.
No porque me excitaran más.
Sino porque sentía que se me había escapado algo.
Como cuando relees un párrafo porque estás convencido de que hay una frase importante escondida en él.
Recuerdo noches absurdas.
Dos de la mañana.
La habitación completamente oscura.
El brillo del teléfono iluminándome la cara.
Y yo pensando:
«Solo voy a mirar cinco minutos.»
Siempre eran más de cinco minutos.
Lo que me avergüenza no es el contenido.
Es la insistencia.
La repetición.
La forma en que volvía.
Había días en los que estaba trabajando y de repente recordaba una imagen.
No una escena.
No algo espectacular.
Un detalle.
La forma en que alguien bajaba la cabeza.
La forma en que alguien esperaba una orden.
La expresión de alguien cuando creía que nadie estaba mirando.
Y entonces me sorprendía pensando en eso durante media hora.
Lo peor era que empecé a reconocer patrones.
Sabía exactamente qué iba a buscar antes de abrir el navegador.
Sabía exactamente qué palabras iba a escribir.
Sabía exactamente qué vídeos iba a ignorar y cuáles me iban a hacer detenerme.
Y cada vez que ocurría sentía una mezcla horrible de alivio y vergüenza.
Porque una parte de mí ya conocía el camino de memoria.
Durante mucho tiempo seguí llamándolo excitación porque era la explicación más sencilla.
Pero dejó de parecer excitación.
La excitación es rápida.
Esto era lento.
Pegajoso.
Persistente.
Se quedaba conmigo cuando terminaba.
Se sentaba a mi lado mientras trabajaba.
Mientras cocinaba.
Mientras intentaba leer otra cosa.
A veces cerraba todo y pensaba:
«Vale. Ya está.»
Y una hora después me descubría abriendo exactamente las mismas páginas.
No porque quisiera.
Tampoco porque no quisiera.
Esa es la parte que todavía no entiendo.
Era más parecido a rascarse una zona que no termina nunca de dejar de picar.
Y cuanto más intentaba alejarme, más consciente me volvía de su presencia.
Lo que me cuesta admitir es que hubo un momento en que dejé de buscar imágenes.
Empecé a buscar explicaciones.
Luego testimonios.
Luego diarios.
Luego personas que sintieran algo parecido.
Porque ya no estaba intentando entender qué me excitaba.
Estaba intentando entender por qué seguía pensando en ello.
Y creo que esa fue la primera vez que sentí miedo.
No miedo a lo que veía.
Miedo a cuánto espacio estaba ocupando dentro de mí.
Todavía hoy hay momentos en los que me descubro pensando en ello sin haber decidido hacerlo.
Y durante unos segundos siento la misma vergüenza.
No porque exista.
Sino porque parece conocer caminos dentro de mi cabeza que yo todavía no conozco.
El cuello no lo estoy moviendo el registro no puede cerrar debería…