Sentir la pala antes de que caiga es lo que más me descoloca. No es el impacto todavía. Es ese segundo previo, esa pausa absurda donde ya sé lo que va a pasar y aun así no hago nada para evitarlo.
Me descubro esperando.
Y eso es lo que no entiendo.
Porque empezó como curiosidad. Solo curiosidad. Ver, leer, volver a mirar otra vez. Decirme a mí mismo que era “solo información”. Pero cada vez que vuelvo, la curiosidad no se queda quieta. Se mueve. Crece. Ocupa más espacio del que debería.
Y ahora ya no es solo curiosidad.
Es una tensión física.
Como si el cuerpo aprendiera antes que yo.
Cuando el golpe llega, no lo pienso como dolor al principio. Es más bien un choque de realidad. Un “aquí está”. Un punto exacto donde todo lo que estaba flotando en mi cabeza cae de golpe al cuerpo.
El calor después es lo que me atrapa.
No el impacto.
El después.
Ese residuo que queda vibrando bajo la piel, como si el cuerpo siguiera leyendo algo que yo ya no sé interpretar bien. Me quedo ahí, quieto, notando cómo esa zona se vuelve demasiado presente, demasiado consciente.
Y lo peor es que no quiero apartarme.
Esa es la contradicción.
Una parte de mí debería querer salir de esto, alejarse, cerrar todo, volver atrás. Pero otra parte se queda mirando más cerca. Como si necesitara comprobar algo. Como si entenderlo dependiera de repetirlo.
Y en ese choque aparece la excitación, pero no como algo limpio. Es incómoda. Mezclada con vergüenza. Con duda. Con esa sensación de “no debería estar prestando tanta atención a esto”… mientras sigo prestándola.
Después del golpe, intento pensar con claridad, pero el pensamiento se fragmenta.
“Solo fue un impacto.”
Pero el cuerpo no lo escribe así.
El cuerpo lo escribe como mapa. Como marca temporal. Como algo que sigue ahí incluso cuando ya no está ocurriendo.
Y entonces viene lo más extraño:
cuanto más intento alejarme mentalmente, más ocupa espacio la curiosidad.
No se reduce.
Se expande.
Y cada vuelta a la idea hace que la excitación cambie de forma. No aumenta en línea recta. Se vuelve más compleja. Más difícil de nombrar. Como si ya no supiera si estoy recordando, imaginando o repitiendo.
Y aun así sigo.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo debería…