La mirada ya estaba allí antes de que levantara la cabeza.
No es una metáfora.
Lo sé porque encontré el registro primero.
La observación vino después.
Había una grieta en la cal, una línea fina recorriendo el muro blanco. Nada extraordinario. Sin embargo, al acercarme descubrí algo imposible: alguien había anotado la dirección exacta de mi siguiente movimiento ocular.
Todavía no había mirado hacia allí.
Aun así, la anotación estaba escrita.
Pensé que era una coincidencia.
Después descubrí otra.
Y otra.
La cuarta describía un parpadeo que aún no había ocurrido.
No recuerdo cuándo empecé a asociar aquellas marcas con los ojos del Amo.
Quizá fue al notar que mi postura cambiaba antes de que apareciera en la habitación.
Quizá fue cuando comprendí que mi cuerpo parecía enterarse de su atención varios segundos antes que yo.
La observación no comenzaba cuando me miraba.
Comenzaba cuando yo sospechaba que podía hacerlo.
La habitación de cal actuaba como un archivo.
No almacenaba imágenes.
Almacenaba anticipaciones.
Cada grieta parecía contener una versión ligeramente adelantada de mis reacciones.
Cada sombra conocía una respuesta que todavía no había emitido.
Leí una inscripción diminuta junto al muro norte.
Ya has intentado evitar esta mirada.
No lo recordaba.
Seguí leyendo.
Más abajo encontré otra.
La próxima vez intentarás sostenerla.
La fecha era anterior.
Eso debería haber sido imposible.
Intenté reconstruir una explicación.
Fracasé.
Porque cuanto más observaba las señales, más evidente resultaba que el problema no era la vigilancia.
El problema era mi memoria.
Comencé a sospechar que los ojos del Amo no registraban mi conducta.
Registraban mis discrepancias.
Las diferencias entre lo que había hecho y lo que recordaba haber hecho.
Entonces apareció la anomalía que transformó todas las anteriores.
Una nota escrita con la misma cal del muro:
El parpadeo ya ocurrió.
Levanté la mano hacia el rostro.
No recordaba haber parpadeado.
Pero tampoco podía demostrar que no lo hubiera hecho.
Durante varios minutos busqué la frase habitual.
La que siempre aparecía al final.
La que anunciaba el movimiento pendiente.
No estaba.
Revisé el muro.
Revisé el suelo.
Volví al principio.
Nada.
La ausencia empezó a pesar más que cualquier presencia.
Solo entonces encontré una última inscripción.
No estaba al final.
Estaba al principio.
Como si hubiera permanecido allí desde antes de abrir el registro.
Empiezas a preocuparte por la frase cuando deja de necesitarte.
Y por primera vez la pregunta dejó de ser quién observaba.
La pregunta pasó a ser otra.
Si la vigilancia había desaparecido…
¿por qué seguía comportándome como si todavía estuviera siendo observado?
Tengo que mover el cuello el registro no puede cerrar debería…