La pregunta no es nueva, pero las respuestas suelen ser tan hipócritas como un discurso de agradecimiento en los Oscar. ¿Puede el cine explícito ser arte? Para los puristas, la respuesta es un «no» rotundo, basado en la idea de que cualquier imagen que busque una respuesta fisiológica inmediata anula la contemplación estética. Sin embargo, si aplicamos ese mismo filtro, tendríamos que descolgar la mitad de las obras del Renacimiento y quemar la literatura de Nabokov. El debate ha dejado de ser una cuestión de moral para convertirse en una cuestión de intencionalidad y lenguaje visual. En un mundo donde la frontera entre la vanguardia y el contenido comercial es cada vez más porosa, la diferencia entre una pieza de museo y un clip desechable reside, simplemente, en la mirada del que sostiene la cámara.
La Edad de Oro: El espejismo del 35mm
Históricamente, el momento en que el género estuvo más cerca de las galerías de arte fue durante el llamado «Porno Chic» de los años 70. En aquella época, directores como Stephen Sayadian (bajo el pseudónimo Rinse Dream) no rodaban solo para el instinto; rodaban para la retina. Su obra maestra, Nightdreams (1981), es un collage surrealista que bebe más del expresionismo alemán y del pop-art que de los manuales de anatomía.
En esos años, la crítica cinematográfica seria —incluyendo nombres que hoy se escandalizarían— empezó a considerar que, si había una puesta en escena, una narrativa y una propuesta visual innovadora, el contenido del acto era irrelevante. Si la luz es perfecta y la composición es áurea, ¿quién es el censor para decir que eso no es arte solo porque los protagonistas no llevan traje de noche?
El «Artcore» y la rebelión de la estética
En las últimas décadas, ha surgido una corriente que los analistas denominan Artcore. Se trata de producciones que utilizan la tecnología digital no para la transparencia absoluta, sino para la abstracción. Directores contemporáneos están utilizando cámaras de ultra alta definición para capturar detalles que rozan lo microscópico, convirtiendo la piel en paisajes y el movimiento en una danza expresionista.
«El arte no se define por lo que muestra, sino por cómo nos hace sentir el vacío entre las imágenes. Si una escena logra capturar la soledad, el poder o la vulnerabilidad humana utilizando el cuerpo como pincel, negarle el estatus de arte es simplemente una miopía cultural.»
El debate actual se centra en la autonomía de la imagen. Mientras que el contenido genérico es puramente funcional (un medio para un fin), el cine de autor en este sector busca la trascendencia. Se valoran los silencios, la música original compuesta para la escena y una dirección de arte que podría firmar cualquier película premiada en Cannes.
El conflicto de la respuesta fisiológica
El argumento más sólido contra la etiqueta de «arte» es la tesis de que la excitación bloquea el juicio estético. Es el dilema de la «distancia desinteresada» de Kant. Sin embargo, el arte contemporáneo lleva un siglo intentando sacudir al espectador, incomodarlo y provocarle reacciones físicas. Si un cuadro de Bacon puede causarnos náuseas y ser arte, ¿por qué una escena que provoca una respuesta positiva no podría serlo? La sofisticación del espectador moderno ha crecido; hoy somos capaces de apreciar la composición de un plano y la química de una interpretación sin que la biología nos nuble el entendimiento.
El veredicto de la vanguardia
Instituciones como el Museum of Sex en Nueva York o ciertas muestras en el Centro Pompidou han empezado a rescatar archivos históricos, tratándolos como documentos sociológicos y estéticos de primer orden. La conclusión parece clara: el género puede ser arte siempre que haya un discurso detrás de la piel. Cuando la cámara deja de ser un testigo pasivo y empieza a proponer una visión del mundo, la etiqueta de «explícito» se queda pequeña.
Al final del día, el arte es aquello que sobrevive al tiempo y sigue comunicando algo cuando la pulsión inicial ha desaparecido. Y hay escenas que, por su luz, su ritmo y su cruda honestidad, se quedan grabadas en la memoria mucho después de que la pantalla se apague.