La capucha, en la literatura del Marqués de Sade, no funciona como ocultación, sino como un dispositivo de verificación invertida.
No elimina la visión.
La desplaza.
Convierte el acto de ver en el acto de comprobar que no se está viendo.
Y ahí empieza la fisura.
El sujeto no recuerda exactamente cuándo dejó de mirar.
Recuerda el momento en que empezó a comprobar si aún podía hacerlo.
La capucha no se experimenta como oscuridad.
Se experimenta como duda constante sobre lo que sigue siendo accesible bajo ella.
Y lo más inestable no es la pérdida de imagen.
Es la necesidad de tocar el borde.
De confirmar su posición.
De repetir el gesto incluso cuando ya se sabe dónde está.
La mano llega antes de la intención.
El ajuste ocurre antes de la decisión.
Y cada vez que se retira un instante, surge la misma pregunta sin cierre.
¿Sigue todo igual debajo?
O más inquietante aún:
¿desde cuándo dejó de importar comprobarlo?
Tengo que mover el cuello…