No sé por qué he vuelto a buscarlo.
Otra vez.
Eso es lo que intento no pensar.
No el contenido.
No las imágenes.
No las historias.
El hecho de haber vuelto.
Hoy me prometí que no iba a abrir ninguna pestaña relacionada con esto.
Ni una.
Tenía otras cosas que hacer.
Trabajo.
Mensajes.
La compra.
Cosas normales.
Y aun así aquí estoy.
Hay una fina capa de polvo sobre la esquina de la mesa.
No mucha.
La suficiente para que pueda dibujar una línea con el dedo.
Lo hice hace una hora.
La marca sigue ahí.
No recuerdo haber tomado la decisión de sentarme delante de la pantalla.
Simplemente ocurrió.
A veces me pregunto si la curiosidad funciona así.
Si empieza siendo una pregunta.
Y termina siendo una costumbre.
Lo que me avergüenza no es el tema.
Es la frecuencia.
Ayer pensé en ello tres veces.
Hoy quizá siete.
O más.
Lo extraño es que cada vez que encuentro una respuesta aparece una pregunta nueva.
Más pequeña.
Más difícil de ignorar.
No estoy intentando convencerme de nada.
Tampoco estoy intentando cambiar.
Solo quiero entender por qué sigo leyendo.
Hay una lámpara encendida al otro lado de la habitación.
La bombilla parpadea muy ligeramente.
Casi imperceptible.
La primera vez no lo vi.
La segunda sí.
Ahora no puedo dejar de verlo.
Quizá eso sea lo que está pasando.
Algo pequeño.
Algo que antes estaba ahí y no veía.
He empezado a reconocer nombres.
Conceptos.
Palabras.
Eso también me incomoda.
Porque significa tiempo.
Mucho más tiempo del que pensaba.
La silla volvió a crujir.
El mismo sonido de anoche.
Exactamente el mismo.
Durante unos segundos me quedé inmóvil.
Intentando recordar si había estado sentado igual.
Con la misma postura.
Con la misma página abierta.
Con la misma sensación extraña en el pecho.
No sé cuándo empezó.
Esa es la parte que más me obsesiona.
Al principio quería entender algo.
Ahora quiero entender cuándo empecé a querer entenderlo.
No es lo mismo.
Tengo que mover el cuello.
No lo estoy moviendo.
Tengo que cerrar esta pestaña.
No la estoy cerrando.
Y lo que más me inquieta ya no es lo que estoy leyendo.
Es la sensación de que he vuelto aquí muchas más veces de las que recuerdo.
El golpe de látigo en la literatura del Marqués de Sade no funciona únicamente como un acto de violencia física, sino como una infraestructura de anticipación; un acontecimiento cuya presencia comienza mucho antes del impacto.
Lo decisivo no es el contacto.
Es la espera.
El intervalo.
El espacio de tiempo donde el cuerpo ya ha empezado a reorganizarse alrededor de algo que todavía no ha ocurrido.
Por eso, en Sade, el golpe rara vez pertenece al instante en que llega. Su verdadera existencia se despliega antes y después de él.
Antes, como expectativa.
Después, como reverberación.
El cuerpo permanece ocupado por una secuencia que se niega a coincidir con el momento exacto del acontecimiento.
Lo inquietante no es la intensidad del golpe, sino su capacidad para modificar la percepción del tiempo. El sujeto deja de habitar el presente y comienza a dividirse entre aquello que recuerda, aquello que espera y aquello que cree estar sintiendo.
La experiencia se vuelve una cadena de comprobaciones sucesivas: ¿ya ocurrió?, ¿está ocurriendo?, ¿o sigo respondiendo a algo que terminó hace un momento?
En ese sentido, el látigo sadiano no es simplemente un instrumento. Es una tecnología de la repetición. Cada golpe introduce una nueva capa de memoria sobre las anteriores, hasta que la expectativa termina ocupando más espacio que el propio acontecimiento.
El cuerpo aprende a anticipar. Después aprende a reconocer. Finalmente, aprende a reaccionar antes de distinguir con claridad entre recuerdo y presente.
Y quizá por eso el verdadero centro de la escena no sea el impacto mismo, sino el extraño instante en que el sujeto descubre que estaba esperando el golpe antes de darse cuenta de que lo esperaba.
Tengo que mover el cuello…