No sé exactamente cuándo empezó.
Supongo que fue después de varias noches leyendo.
Una página.
Luego otra.
Un ensayo.
Un foro.
Una entrevista.
Un fragmento perdido del Marqués de Sade que encontré citado en alguna parte y que probablemente ni siquiera estaba entendiendo del todo.
Nada parecía especialmente importante por separado.
Pero algo se iba acumulando.
Algo pequeño.
Algo que prefería no mirar demasiado de cerca.
Porque cuanto más leía, más curiosidad sentía.
Y cuanto más curiosidad sentía, más difícil era fingir que todo aquello era solo una curiosidad intelectual.
Eso es lo que me avergüenza admitir.
No la excitación.
La curiosidad.
La sensación de querer seguir mirando.
De querer entender.
De acercarme un poco más.
Recuerdo una noche especialmente absurda.
Estaba sentado frente a la pantalla.
Nada ocurría.
Nadie me hablaba.
Nadie me daba órdenes.
No había cuerdas.
No había rituales.
No había ninguna sesión.
Solo palabras.
Palabras sobre control.
Sobre entrega.
Sobre personas que parecían encontrar alivio precisamente en aquello que yo siempre había pensado que debía producir miedo.
Y aun así seguía leyendo.
Seguía bajando.
Seguía buscando.
Fue entonces cuando noté el sudor.
Muy poco.
Solo una humedad ligera en las manos.
Nada extraordinario.
Pero suficiente para obligarme a detenerme.
Miré mis dedos.
Miré la pantalla.
Volví a mirar mis dedos.
Como si pertenecieran a otra persona.
Me dije que era calor.
Estrés.
Cansancio.
Cualquier cosa.
Pero sabía que no era verdad.
La habitación estaba fría.
Demasiado fría.
Había polvo suspendido delante del monitor.
Pequeñas partículas inmóviles flotando en la luz azul.
La taza de café ya estaba vacía.
El apartamento permanecía en silencio.
Y aun así sentía esa humedad.
Creo que fue la primera vez que entendí algo que Sade había comprendido siglos antes.
No que el deseo sea poderoso.
Eso es evidente.
Lo inquietante es que el deseo rara vez aparece con el aspecto que esperamos.
A veces llega disfrazado de pregunta.
De estudio.
De observación.
De simple interés.
Y cuando uno se da cuenta de lo que está ocurriendo, ya ha recorrido demasiada distancia para fingir indiferencia.
Seguí leyendo.
Aunque sabía que debía cerrar la ventana.
Seguí leyendo.
Aunque empezaba a sentirme observado por mí mismo.
Seguí leyendo.
Porque cada respuesta generaba una pregunta nueva.
Y cada pregunta parecía acercarme a algo que no encajaba con la persona que creía ser.
Había pequeños agujeros en la pared junto al escritorio.
Restos de cuadros antiguos.
Nunca me había fijado en ellos.
Aquella noche sí.
No sé por qué.
Los observé durante varios segundos.
Como si estuviera intentando escapar de la pantalla.
Como si necesitara mirar cualquier otra cosa.
El yeso estaba descascarillado alrededor de los clavos ausentes.
El borde de los agujeros parecía más oscuro que el resto de la pared.
No recuerdo cuánto tiempo pasé observándolos.
Solo recuerdo que seguía sudando.
Y que cada nueva página me hacía sentir un poco más incómodo.
Un poco más interesado.
Un poco más expuesto.
La parte más difícil no era aceptar lo que estaba leyendo.
Era aceptar que quería seguir leyendo.
Que nadie me estaba obligando.
Que no existía ninguna fuerza externa.
Que la curiosidad era completamente mía.
La pantalla iluminaba la habitación vacía.
El polvo seguía suspendido en el aire.
La pared seguía llena de pequeños agujeros olvidados.
Mis manos seguían húmedas.
Y por primera vez tuve la sospecha de que aquello no era una fase pasajera.
Que algo estaba empezando.
Algo pequeño.
Algo silencioso.
Algo que todavía no sabía nombrar.
Pero que ya había comenzado a nombrarme a mí.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo debería la base del cráneo es una superficie de alabastro poroso el sabor a cal invade la glotis la inercia pulsátil del poro se detiene el registro llega al cero absoluto debería…