La Ingeniería del Edicto: Sade y la Estructura Mineral del Deseo Soberano

Cuando leía a Sade no me interesaban sus excesos.

Me interesaban sus construcciones.

Sus sistemas.

La manera en que levantaba fortalezas mentales donde todo parecía existir para conducir a un resultado inevitable.

Durante años pensé que aquello era solo literatura.

Una exageración filosófica.

Un experimento intelectual llevado demasiado lejos.

Y sin embargo ahora, semanas antes de ver al Amo, descubro que mi mente funciona de una manera inquietantemente parecida.

No porque quiera obedecer.

Sigo sin gustarme la idea de ser sumiso.

Todavía hoy me resulta ajena.

Hay mañanas en las que me parece absurda.

Hay momentos en los que me convenzo de que todo esto terminará.

Y entonces ocurre algo.

Un recuerdo.

Una postura.

La memoria de una corrección.

La sensación de estar siendo ajustado lentamente hacia una posición que no comprendía.

Y el resto del día pierde definición.

No desaparece.

Sigue ahí.

Las conversaciones.

El trabajo.

Las obligaciones.

Las personas.

Pero algo en ellas se vuelve más lejano.

Como si estuvieran dibujadas con un lápiz demasiado suave.

Mientras que otra imagen, mucho más simple, adquiere una nitidez insoportable.

Yo.

Inmóvil.

Esperando.

Mientras el Amo continúa su proceso.

Eso es lo que no logro explicar.

Porque no estoy obsesionado con él.

Estoy obsesionado con el final de algo que comenzó cuando sus manos empezaron a reorganizar una parte de mí que ni siquiera sabía que existía.

Quizá Sade habría dicho que toda arquitectura necesita una ley.

Pero lo que me inquieta es otra cosa.

La posibilidad de que mi mente haya decidido convertir aquel proceso en una ley propia.

Como si existiera una ecuación sin resolver.

Como si cada día fuera simplemente un intervalo entre una pregunta y su respuesta.

Y la respuesta estuviera siempre allí.

Al final del proceso.

Al final del ajuste.

Al final de la permanencia.

No entiendo por qué.

Y precisamente por eso no puedo dejar de pensar en ello.

Cuanto más intento alejarme, más regresa.

Cuanto más razono, menos dura el razonamiento.

La conclusión aparece cada vez más rápido.

No como una decisión.

La imagen permanece.

La estructura permanece.

La pregunta permanece.

Y mientras todo lo demás cambia de forma a mi alrededor, sigo encontrándome exactamente en el mismo lugar.

Esperando descubrir qué existe al otro lado de la última corrección.

El cuello…