No pienso en el instrumento antes de que ocurra.
Lo pienso justo cuando ya está demasiado cerca para seguir siendo solo una idea.
Y eso es lo primero que me desordena.
El primer contacto no lo interpreto como dolor.
Lo interpreto como confirmación.
Como si una parte de mí hubiera estado esperando exactamente ese momento sin admitirlo.
Y me molesta reconocerlo después.
No es fuerte al principio.
Eso es lo peor.
No entra como algo extremo.
Entra como algo correcto.
Y esa sensación es la que me confunde.
Hay un segundo en el que no sé si estoy reaccionando o anticipando.
No lo distingo.
Y esa falta de distinción empieza a ocupar más espacio que el propio golpe.
Mi cuerpo responde antes de que pueda pensar en resistir.
No es decisión.
Es velocidad.
Y me doy cuenta de que esa velocidad me resulta demasiado familiar.
Cada impacto no se siente separado.
Se siente acumulativo.
Como si el anterior no desapareciera del todo antes del siguiente.
Y eso cambia la forma en la que lo percibo.
Hay algo que debería ser rechazo.
Pero no aparece limpio.
Aparece mezclado.
Con otra cosa que no quiero nombrar todavía.
Y eso es lo que empieza a crecer.
No el dolor.
Sino la atención al dolor.
La forma en la que lo estoy observando mientras ocurre.
Me doy cuenta de que estoy intentando entenderlo en tiempo real.
Y ese intento lo intensifica.
No lo explica.
Lo intensifica.
Hay un momento extraño en el que ya no sé si estoy dentro del golpe…
o si el golpe está organizando la forma en la que pienso.
Y esa idea no llega como conclusión.
Llega como interrupción.
No estoy seguro de cuándo empieza a sentirse como “demasiado”.
Solo sé que el punto de “demasiado” cambia mientras ocurre.
Y ahí aparece la contradicción real.
La excitación no es un aumento.
Es un desplazamiento.
Se mueve dentro de mí sin pedir permiso.
Y la curiosidad no la sigue.
La precede.
No sé qué significa esto todavía.
Solo sé que no se queda quieto.
Ni siquiera cuando termina.
El cuello no lo estoy moviendo debería…