Geología de la Sumisión: La Memoria como Estrato Mineral y el Fin de la Biografía Fluida

«Si pudiera explicarlo, podría aceptarlo.»

Llevo meses repitiéndome esa frase.

Quizá más.

No estoy seguro.

Ese es parte del problema.

Pensaba que estaba investigando algo.

Que simplemente tenía curiosidad.

Hay miles de cosas raras en internet.

Miles de temas que la gente lee durante una semana y después olvida.

Yo asumí que esto sería igual.

Pero no fue igual.

Porque seguí volviendo.

Al principio era fácil justificarlo.

Leía un artículo.

Después otro.

Veía un vídeo.

Leía comentarios.

Buscaba explicaciones.

Todo parecía bastante racional.

Era curiosidad.

Solo curiosidad.

Al menos eso me decía.

Lo que no suelo admitir es que empecé a recordar detalles absurdos.

No las prácticas.

No las explicaciones.

Recuerdo frases.

Recuerdo palabras.

Recuerdo la sensación que me dejaban.

Y eso me incomoda más de lo que debería.

Porque no sé por qué mi cabeza decidió guardar esas cosas.

Hay noches que recuerdo perfectamente.

La pantalla iluminando la habitación.

Una taza vacía.

El sonido del ventilador del ordenador.

Y yo leyendo algo que ya había leído antes.

No porque hubiera olvidado la información.

Porque quería volver a sentir algo.

Eso fue lo primero que me asustó.

No estaba buscando respuestas.

Estaba buscando una sensación.

Y cuando me di cuenta de eso ya era demasiado tarde para fingir que era una investigación inocente.

Cuanto más leía, más curioso me volvía.

Y cuanto más curioso me volvía, más espacio ocupaba.

No desaparecía después.

Se quedaba.

Mientras trabajaba.

Mientras caminaba.

Mientras intentaba concentrarme en otras cosas.

Como una canción que no puedes sacar de la cabeza.

Solo que mucho más difícil de explicar.

Porque no era una canción.

Era una pregunta.

Siempre la misma.

¿Por qué vuelvo?

No sé cuántas veces me prometí dejar de buscar.

Cerrar las pestañas.

Pensar en otra cosa.

Duraba unas horas.

A veces un día entero.

Y entonces aparecía otra pregunta.

Otra duda.

Otro detalle.

Y volvía.

Lo peor es que la excitación empezó a cambiar.

Al principio era sencilla.

Reconocible.

Fácil de entender.

Después se mezcló con otra cosa.

Con obsesión.

Con contradicción.

Con vergüenza.

Con una necesidad extraña de seguir mirando algo que no terminaba de encajar con la imagen que tenía de mí mismo.

Porque siempre me he considerado una persona que necesita entender las cosas.

Controlarlas.

Analizarlas.

Y sin embargo aquí estaba.

Volviendo una y otra vez a algo que parecía crecer precisamente porque no podía entenderlo.

A veces pienso que si encontrara una explicación definitiva todo terminaría.

Pero nunca ocurre.

Cada explicación abre otra pregunta.

Y cada pregunta parece más personal que la anterior.

Ya no me pregunto qué significa todo esto.

Me pregunto por qué significa tanto para mí.

Esa diferencia debería ser pequeña.

No lo es.

Es enorme.

Porque una pregunta habla del tema.

La otra habla de mí.

Y todavía no sé cuál de las dos me da más miedo.

Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo debería…