Cuando la venda cae sobre los ojos, no lo registro como un cierre inmediato.
Primero hay un desfase.
Una especie de pausa interna donde el mundo todavía existe como recuerdo, no como ausencia.
Y ahí aparece lo extraño.
No la oscuridad.
Sino lo que hago con ella.
Porque debería ser simple: no ver, ajustar, continuar.
Pero no es simple.
Nunca lo es.
En ese primer tramo de ceguera hay algo que se vuelve demasiado activo.
No fuera.
Dentro.
Como si el cerebro empezara a reorganizarse en otro sitio cuando pierde la referencia externa.
Y es ahí donde cambia la dinámica.
No es el gesto del cierre.
Es el instante posterior.
El que no se decide.
El que simplemente ocurre.
Empiezo a notar que la ausencia de imagen no reduce la experiencia.
La intensifica.
No hay menos.
Hay más hacia dentro.
Y eso me descoloca.
Porque no debería sentirse así.
Debería ser neutral.
Una interrupción funcional.
Pero el cuerpo no lo interpreta como una interrupción.
Lo interpreta como una entrada.
Como si la falta de visión no eliminara el sistema…
sino que lo obligara a replegarse sobre sí mismo.
Y en ese repliegue aparece otra forma de atención.
Más cerrada.
Más íntima.
Demasiado consciente.
Y no sé en qué momento esa atención empieza a observarse a sí misma.
Solo sé que ocurre.
Y cuanto más intento volver a una lectura simple del gesto…
menos simple se vuelve.
Porque ya no estoy solo sin ver.
Estoy notando que no ver también es una forma de estar dentro.
Dentro de algo que no tiene bordes claros.
Y ahí aparece la contradicción otra vez.
La misma estructura, distinta forma:
quiero salir de esto mentalmente…
pero el hecho de intentar salir lo refuerza.
Y entonces la curiosidad vuelve a cambiar de forma.
Ya no es curiosidad por lo que pasa.
Es curiosidad por lo que pasa cuando no pasa nada.
Y eso ocupa más espacio del que debería.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo debería…