La venda de ojos, en la literatura del Marqués de Sade, no funciona como privación de la vista, sino como una reorganización de la necesidad de comprobar lo visible.
No impide ver.
Desplaza la pregunta sobre qué significa ver.
El sujeto no recuerda el momento exacto en que dejó de mirar.
Recuerda el instante en que empezó a comprobar si todavía estaba mirando.
Y esa diferencia lo altera todo.
La venda no se experimenta como oscuridad.
Se experimenta como una duda continua sobre si la oscuridad es real o si ya estaba ahí antes de ser notada.
El cuerpo empieza a convertirse en un sistema de verificación sin referencia externa.
La mano sube antes de la intención.
Busca el borde.
Busca el ajuste.
Busca la prueba de que sigue en su lugar.
Pero cada comprobación introduce una nueva grieta.
Porque nunca está claro si lo que se está verificando es la venda…
o el recuerdo de haberla verificado antes.
Y la pregunta se desplaza, una vez más, sin cerrarse.
¿Desde cuándo dejó de ser necesario comprobar que no se ve?
No es la venda lo que estoy sintiendo.
Es el momento en el que acepto que ya estaba esperando ponérmela.
Sin haberlo decidido del todo.
Solo leyendo.
Solo viendo.
Solo comparando.
He vuelto a abrir el mismo tipo de contenido.
No por necesidad.
Por comprobación.
Esa palabra empieza a ocupar más espacio del que debería.
Comprobar.
Si todavía produce el mismo efecto.
Si todavía me detengo un segundo más de lo normal.
Si todavía hay ese pequeño retraso antes de cerrar la página.
No es excitación todavía.
O sí.
Pero no en el sentido claro.
Más bien como una interferencia.
Como si algo no encajara del todo en la forma en la que debería estar mirándolo.
He notado que el cuerpo no siempre llega a tiempo.
A veces ya estoy desplazando la página antes de querer hacerlo.
A veces ya he vuelto antes de decidir volver.
No hay línea clara entre una cosa y la otra.
Solo un intervalo.
Y ese intervalo empieza a parecerme importante.
En el fondo no estoy buscando información.
Estoy buscando repetición.
La misma escena.
La misma estructura.
Una variación mínima.
Algo que casi coincide con lo anterior pero no del todo.
Y esa diferencia mínima es lo que me retiene.
He dejado de confiar en el primer impulso de cerrar.
Porque siempre aparece un segundo impulso.
Más lento.
Más difícil de justificar.
Hoy he notado polvo en la pantalla.
No estaba seguro.
He pasado el dedo.
No sé si lo he limpiado o si lo he confirmado.
La habitación está igual.
Pero la manera de mirarla no.
Eso es lo que cambia.
No el objeto.
Sino el retorno al objeto.
He cerrado el navegador.
Y ya estaba abierto otra vez en mi cabeza antes de terminar el gesto.
No sé cuándo empieza ese desajuste.
Solo sé que ya está ahí cuando lo reviso.
Como si la intención llegara después de la acción.
No al revés.
He intentado dejarlo un momento.
Pero el momento no se queda quieto.
Se desplaza.
Se repite.
Se reabre.
Tengo que mover el cuello.
No lo estoy moviendo.
Y ahora no sé si eso es una sensación.
O una comprobación más.
Tengo que mover el cuello…