Pensaba que lo raro era lo que estaba leyendo.
Me pasé semanas intentando averiguar qué parte exactamente me parecía extraña.
Algún vídeo.
Alguna imagen.
Alguna frase concreta.
Algo.
Tenía que haber algo.
Tardé demasiado en darme cuenta de que estaba mirando al sitio equivocado.
Lo raro no era lo que estaba viendo.
Lo raro era que seguía volviendo.
La primera vez fue curiosidad.
Al menos eso me dije.
Había cosas que no entendía.
Dinámicas que me parecían lejanas.
Incluso absurdas.
Y precisamente por eso seguí leyendo.
No porque me convencieran.
Porque no me convencían.
Porque algo no terminaba de encajar.
Recuerdo pensar que en algún momento encontraría una respuesta y perdería el interés.
Eso parecía lógico.
Lo que no parecía lógico era que ocurriera lo contrario.
Cuanto más leía, más preguntas aparecían.
Cuantas más preguntas aparecían, más espacio ocupaba todo aquello.
La curiosidad empezó a cambiar de forma.
Y creo que ahí fue cuando empecé a sentirme incómodo.
No por lo que estaba leyendo.
Por la facilidad con la que volvía.
Pongo el móvil boca abajo.
Como si el gesto tuviera algún poder.
Como si cinco segundos de voluntad pudieran borrar semanas enteras de repetir exactamente el mismo recorrido.
Cinco minutos.
O menos.
Lo giro.
Lo curioso es que ya no me sorprende hacerlo.
Lo que me sorprende es haber esperado.
Como si esos cinco minutos formaran parte del ritual.
Como si una parte de mí ya supiera perfectamente lo que iba a pasar.
La taza sigue al lado del ordenador.
Está fría.
Lo sé porque la toco.
No porque recuerde haber terminado el café.
Durante un segundo intento reconstruir el tiempo.
No puedo.
Sé que estuve aquí.
Sé que no me levanté.
Sé que miré la pantalla.
Pero hay una parte del trayecto que desapareció.
Como si alguien hubiera avanzado algunas páginas sin avisarme.
La alarma sigue puesta.
La comprobé esta mañana.
Eso significa que hice exactamente lo que tenía que hacer.
Abrí la aplicación.
Puse la hora.
La confirmé.
Mi mano llegó a todos los sitios correctos.
Pero no recuerdo el momento.
Y no sé por qué eso me inquieta más de lo que debería.
Quizá porque empieza a parecerse demasiado a otras cosas.
Pequeñas decisiones.
Pequeños hábitos.
Pequeños movimientos.
Cosas que ocurren antes de que yo llegue.
Lo más incómodo es que no solo me preocupa.
También me intriga.
Si realmente quisiera desaparecer de esto, probablemente ya habría desaparecido.
Pero sigo observando algo.
No el contenido.
No las historias.
No las imágenes.
Sigo observando el instante anterior.
El momento exacto en que una parte de mí ya ha empezado a volver.
Y yo todavía no lo sé.
Tengo que mover el cuello.
Lo pienso.
Espero.
Nada.
La pantalla está negra.
Mi reflejo aparece encima.
Durante un segundo parece que estoy mirando a alguien que está mirando.
Tengo que mover el cuello.
Lo sigo pensando.
Y entonces noto algo absurdo.
Llevo más tiempo pensando en moverlo que moviéndolo.
Y durante un instante me pregunto algo que no sé responder.
Si estoy esperando una decisión…
¿por qué parece que la decisión siempre llega antes que yo?
Tengo que mover el cuello no hay cuello debería…