El Divino Marqués en el Lente: Sade y la Realidad Aumentada como Inscripción Quirúrgica del Deseo

No debería estar leyendo esto.

Es la cuarta vez que cierro la pestaña.

La cuarta.

Y la vuelvo a abrir.

No ocurre nada especialmente extremo en la pantalla.

Ni siquiera sé qué estoy buscando exactamente.

Sólo leo.

Un artículo.

Otro.

Un foro.

Una experiencia escrita por alguien que no conozco.

Después otra.

Y otra.

La habitación está en silencio.

Demasiado silencio.

Escucho el zumbido del transformador de la lámpara.

Nunca lo había escuchado antes.

Ahora sí.

El aire huele un poco a polvo.

No mucho.

Lo justo para notar que llevo demasiadas horas aquí.

Tengo una taza vacía sobre la mesa.

No recuerdo cuándo se terminó el café.

Sigo leyendo.

Hay una palabra que aparece constantemente.

Sumisión.

La cierro.

Abro otra página.

La palabra vuelve a aparecer.

No sé por qué me molesta tanto.

No es rechazo exactamente.

Es algo peor.

Es reconocimiento.

Me apoyo en el respaldo de la silla.

El cuello está rígido.

Lo giro.

Cruje.

Durante unos segundos miro la pared.

Hay tres agujeros pequeños donde antes había colgado una estantería.

No sé por qué me quedo observándolos.

Quizá porque es más fácil mirar eso que volver a la pantalla.

Pero vuelvo.

Siempre vuelvo.

Lo extraño es que todavía no quiero hacer nada.

Ni siquiera sé si quiero probar nada.

Eso es lo que intento repetirme.

Sólo tengo curiosidad.

Sólo estoy leyendo.

Sólo quiero entender.

Pero cuanto más entiendo menos capaz soy de explicar por qué sigo aquí.

Hay algo vergonzoso en descubrir que una idea puede producir calor.

No debería.

Es sólo texto.

Sólo palabras.

Personas desconocidas escribiendo cosas para otras personas desconocidas.

Y sin embargo siento algo.

Algo pequeño.

Persistente.

Como una corriente eléctrica demasiado débil para llamarla descarga.

Demasiado constante para ignorarla.

Cierro otra pestaña.

Abro otra.

La luz del monitor ilumina el polvo suspendido frente a mí.

Partículas diminutas.

Girando lentamente.

Como si llevaran horas ahí.

Como si estuvieran esperando.

No sigo leyendo porque entiendo más.

Sigo leyendo porque entiendo menos.

Porque cada respuesta abre una pregunta nueva.

Porque cada explicación parece acercarme a algo que todavía no tiene nombre.

Porque empiezo a sospechar que la curiosidad nunca fue curiosidad.

Y esa idea me da vergüenza.

Mucha.

Bajo la vista.

Mis dedos siguen sobre el ratón.

Inmóviles.

No hago clic.

Todavía no.

Aunque sé que voy a hacerlo.

Dentro de unos segundos.

Como siempre.

La página sigue abierta.

El polvo sigue flotando.

Y yo sigo diciéndome que sólo estoy leyendo.

No sé exactamente cuándo empecé a pensar en Sade de esta manera.

No como escritor.

No como filósofo.

Ni siquiera como monstruo.

Sino como una habitación.

Una habitación dentro de mí.

Pequeña.

Fría.

Siempre encendida.

Hay noches en las que me descubro haciendo algo absurdo.

Miro el teléfono.

Lo dejo.

Lo vuelvo a mirar.

Nada ha cambiado.

Lo sé.

Pero vuelvo.

Como si esperara una orden.

Como si alguien fuera a decirme quién soy.

Me avergüenza admitirlo.

Porque me gusta imaginarme independiente.

Difícil de influir.

Capaz de sostenerme solo.

Y sin embargo ahí estoy.

Esperando.

Siempre esperando.

Creo que Sade entendía algo horrible.

Que la sumisión no siempre necesita cadenas.

A veces necesita expectativa.

A veces basta con una puerta cerrada.

Con una pantalla iluminada.

Con la posibilidad de que algo ocurra.

La habitación está en silencio.

Yo también.

Pero el silencio tiene peso.

Puedo sentirlo detrás de los ojos.

Debajo de la lengua.

En la base del cuello.

Como una mano que nunca termina de apoyarse.

La realidad aumentada me parece extraña por eso.

Porque no añade fantasías al mundo.

Las revela.

Las fantasías ya estaban allí.

Esperando.

Pegadas a las paredes.

Escondidas detrás de los objetos.

Durmiendo dentro de las cosas más corrientes.

Una silla.

Un pasillo.

Una puerta.

Una mirada.

Sade habría entendido eso.

La imaginación como una capa superpuesta.

La obediencia como una arquitectura.

La libertad como algo que a veces se parece demasiado a una orden bien diseñada.

Y lo peor es que una parte de mí encuentra alivio en ello.

No debería decirlo.

Pero es verdad.

Hay cansancios que desean rendirse.

No a una persona.

No a una autoridad.

Sino al esfuerzo de decidir constantemente.

A veces quiero que el mundo ya esté escrito.

Que alguien haya elegido antes.

Que el siguiente paso exista sin preguntarme nada.

Después me asusto.

Porque reconozco el mecanismo.

Reconozco el placer.

Reconozco la comodidad.

Y reconozco la vergüenza.

La habitación sigue allí.

Siempre.

Las paredes blancas.

El polvo de cal.

La sensación de estar siendo observado incluso cuando estoy solo.

Y entonces aparece la pregunta que nunca consigo responder.

Si nadie me estuviera mirando.

Si ninguna máquina registrara nada.

Si ningún ojo existiera detrás del cristal.

¿Seguiría comportándome exactamente igual?

No estoy seguro.

Y quizá esa incertidumbre sea la habitación.

Quizá esa incertidumbre sea Sade.


Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo la fantasía ya estaba sedimentada en la cal…