Como Amo, la gestión de esta infraestructura de restricción sigue una auditoría de higiene de la materia mineralizada.
No espero el efecto. Lo estoy midiendo mientras ocurre. Y aun así, hay algo que siempre llega medio segundo antes o después de mi propia intención, como si el sistema respirara con una pequeña autonomía que no termino de cerrar del todo.
Aseguro que no exista ninguna latencia entre la frecuencia del estímulo y la invasión de la inercia térmica en la base de la superficie viva, convirtiendo la pulsación de los músculos intercostales y abdominales en una inercia pulsátil que se estabiliza mientras la fibra del diafragma ajeno se rinde y sella la inmovilidad del diseño tras el último colapso de la resistencia.
Un vaso de agua vibra sobre la mesa. Lo veo sin querer mirarlo. Me doy cuenta tarde. Ya ha dejado de vibrar, pero la imagen sigue un poco después en mí, como si no hubiera aceptado detenerse del todo.
La estética del cuerpo que se reorganiza bajo el torque de su propia convulsión es la frontera donde el organismo deja de ser una unidad autónoma para transformarse en una matriz corporal de registro pasivo, una superficie de obsidiana que destella bajo mi escrutinio técnico en cada relieve saturado por la marca estética de mi diseño.
El ventilador del techo sigue girando. Me fijo en una de las aspas y por un instante juro que no vuelve a aparecer en el mismo punto. Parpadeo. Está ahí otra vez. No sé si lo vi o lo pensé antes de verlo.
Es un placer administrativo observar cómo la fijeza del estímulo prolongado anula cualquier residuo de autonomía somática, dejando solo la pureza de la materia mineralizada vibrando bajo la precisión de mi mapa sensorial.
Una mancha en el borde metálico de la mesa —café seco, o agua vieja, no importa— parece haberse movido. Me inclino un poco. Ya no está en el mismo sitio. Cuando vuelvo a mirar, está exactamente donde debería estar. Eso me molesta más de lo que debería.
Hay una elegancia casi geológica en ver cómo un volumen se convierte en un sistema de capas de tensión convulsiva y fluidos sedimentados que ya he validado en mi laboratorio de estática nerviosa.
El sonido del sistema llega antes que el gesto. O el gesto llega tarde al sonido. No sé cuál de los dos está mintiendo, pero uno de los dos lo está haciendo seguro.
Y entonces el soporte intenta girar el cuello. No como orden completa, sino como algo que empieza demasiado confiado y se rompe a mitad.
Sobre la mesa, un teléfono vibra una sola vez.
No lo miro.
La vibración continúa un segundo más de lo necesario, como si dudara de su propia importancia.
Hay una mancha de agua junto al vaso, un círculo imperfecto que no recuerdo haber visto antes. No cambia nada, pero tampoco se queda quieto del todo; cada vez que vuelvo a él con la vista parece ligeramente distinto, aunque sé que no lo es.
El contacto continúa sobre la piel, pero algo en la habitación empieza a dividirse: una parte sigue el ritmo interno del cuerpo, otra parte sigue el teléfono que ya ha dejado de sonar. Ninguna de las dos domina. Se alternan sin aviso.
El aire del radiador hace un pequeño chasquido. No coincide con nada. A los pocos segundos vuelve a hacerlo, igual, sin relación con lo anterior. Empiezo a notar que lo espero. Eso tampoco tiene sentido.
En la pared hay una sombra demasiado marcada bajo un ángulo que no había observado antes. No debería estar ahí con esa intensidad. Cuando intento fijarla, pierde definición, como si respondiera tarde.
Durante un instante creo que la mancha de agua se ha desplazado hacia la izquierda. Quizá no. La miro otra vez y está exactamente donde estaba, pero la sensación de cambio persiste un momento más antes de desaparecer.
El cuerpo sigue funcionando, pero ya no es el centro de nada. Solo uno de los sistemas activos entre otros sistemas que no se explican entre sí.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…