El Portador del Rayo: Traer la Fusta del Amo como Protocolo de Saturación y el Registro de la Entrega Mineral

La nota estaba donde debería estar la fusta.

No la había visto antes.

O eso creía.

El soporte de cal permanecía vacío, pero la nota describía con precisión el peso que sostenían mis manos.

La fusta ya había sido entregada.

Tardé varios segundos en comprender el problema.

Todavía no la había recogido.

Volví a leer.

La letra no había cambiado.

La fusta ya había sido entregada.

Debajo aparecía una segunda línea.

El retraso actual es de cuatro minutos.

Miré mis manos.

Seguían vacías.

Sin embargo, la postura de mis hombros parecía conocer una carga que aún no existía.

Era una sensación familiar.

No dolor.

No obediencia.

Algo peor.

La impresión de llegar tarde a una acción que todavía no había comenzado.

La habitación de cal absorbía el sonido.

Las grietas del muro parecían más profundas que la última vez.

O quizá siempre habían sido así.

Ya no confiaba del todo en mi memoria.

La nota tampoco ayudaba.

Debajo de la primera apareció una anotación más pequeña.

Reconocerás el instrumento antes de verlo.

Entonces ocurrió algo extraño.

Mi brazo cambió ligeramente de posición.

No fue una decisión.

No fue un reflejo.

Simplemente descubrí que la articulación ya se había desplazado.

Como si estuviera reproduciendo una instrucción recibida con anterioridad.

Busqué la fusta.

No estaba.

Busqué otra vez.

Nada.

Sin embargo, el cuerpo seguía comportándose como si la sostuviera.

La contradicción permanecía inmóvil entre ambas posibilidades.

La mano vacía.

El peso presente.

Intenté recordar cuándo había comenzado aquello.

La respuesta no apareció.

En su lugar encontré otra nota.

No recordaba haberla visto.

El objeto no es el instrumento.

Por primera vez pensé que quizá la fusta nunca había sido el centro del mecanismo.

Quizá tampoco el Amo.

Quizá tampoco la obediencia.

La nota continuaba.

La entrega es el instrumento.

Volví a mirar mis manos.

Seguían vacías.

Pero la tensión en los dedos aumentó.

Como si estuvieran sujetando algo.

Como si el cuerpo estuviera leyendo una versión distinta del archivo.

Sentí una incomodidad difícil de localizar.

No provenía de la espera.

No provenía del miedo.

Provenía de una pregunta nueva.

Si la entrega ya había ocurrido, ¿qué era exactamente lo que seguía esperando?

La respuesta no apareció.

En cambio observé algo peor.

La frase habitual no estaba.

Durante semanas había estado allí.

Siempre al final.

Siempre idéntica.

Siempre esperándome.

Ahora había desaparecido.

Revisé la página.

Después la anterior.

Después la siguiente.

Nada.

La ausencia ocupaba más espacio que la frase.

Solo entonces descubrí una anotación escrita en el margen inferior.

Tan pequeña que casi parecía una grieta.

Empiezas a notar su ausencia.

Me quedé inmóvil.

Porque tenía razón.

Ya no estaba buscando el origen del mecanismo.

Ni la función del instrumento.

Ni la voluntad del Amo.

Estaba buscando una frase.

Y empezaba a preocuparme no recordar cuándo había sido la última vez que la había leído por primera vez.

El cuello no lo estoy moviendo el registro no puede cerrar debería…