Hay una cosa que nunca consigo olvidar.
Ni siquiera es importante.
De hecho, probablemente sea lo menos importante de toda la sesión.
Y precisamente por eso sigue volviendo.
No recuerdo exactamente qué me dijo aquel día.
No recuerdo el orden de muchas cosas.
Hay partes enteras que aparecen borrosas.
Pero recuerdo perfectamente los tres golpes que alguien dio en el suelo del piso de arriba.
Tres.
Separados por unos segundos.
Como si estuviera escuchando.
Como si los gritos estuvieran atravesando el techo.
Como si hubiera alguien ahí arriba intentando decidir si intervenir o seguir fingiendo que no escuchaba nada.
Es absurdo.
Porque no tiene ninguna relación con él.
Y sin embargo llevo meses pensando en eso.
En esos tres golpes.
A veces intento recordar la sesión y termino recordando el sonido del edificio.
La tubería que vibraba detrás de una pared.
El pequeño chasquido metálico de una hebilla al moverse.
El ruido de una silla arrastrándose en otro apartamento.
El zumbido constante de una lámpara que no había notado hasta quedarme completamente inmóvil.
Y después él.
Siempre después él.
Como si mi memoria necesitara reconstruir primero el escenario antes de permitirme volver a su presencia.
Hay algo especialmente humillante en eso.
Porque no me gusta pensar en él.
No me gusta comprobar hasta qué punto ocupa espacio dentro de mi cabeza.
Y aun así sigo recordando detalles que nadie debería recordar.
La forma en que se detenía antes de hablar.
No para crear tensión.
No de forma teatral.
Era algo peor.
Parecía que realmente estaba pensando.
Como si estuviera ajustando algo dentro de sí mismo antes de ajustar cualquier otra cosa.
Recuerdo una vez que pasó casi un minuto entero sin hacer nada.
Yo esperaba instrucciones.
Esperaba movimiento.
Esperaba cualquier cosa.
Y él simplemente observaba.
No a mí.
Eso habría sido más fácil.
Observaba algo ligeramente a mi izquierda.
Como si hubiera detectado un problema invisible en el aire.
Todavía pienso en eso.
No porque fuera importante.
Porque probablemente no lo era.
Pero mi cerebro sigue regresando allí.
A ese minuto.
A esa pausa.
A ese detalle inútil.
Y cuanto más intento recuperar cosas realmente importantes, más aparecen estas pequeñas escenas.
El sonido de los golpes en el piso superior.
La lámpara.
La tubería.
La hebilla.
La pausa.
La forma en que apoyó una mano sobre una superficie sin llegar a hacer nada.
Y de algún modo todo eso resulta más difícil de olvidar que cualquier otra cosa.
Porque la obsesión nunca vive en los grandes momentos.
Vive en los restos.
En los fragmentos.
En los detalles que nadie archivaría.
Y quizá por eso sigue creciendo.
Porque ya no estoy recordando una sesión.
El cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…