Hay algo que no sé muy bien cómo explicar sin que suene raro.
Pero lo voy a intentar igual.
Porque se me queda dando vueltas.
Durante mucho tiempo pensé que lo del dolor era lo importante.
Que ahí estaba el centro de todo.
La idea fuerte.
La imagen clara.
Pero ahora no estoy tan seguro.
Lo que me confunde es otra cosa.
Que cuando imagino esas situaciones, no pienso realmente en el dolor.
Pienso en el momento justo antes.
Ese segundo raro donde todavía no ha pasado nada, pero ya no estás del todo “normal”.
Como si algo hubiera cambiado de sitio dentro de ti.
Sin que puedas señalar exactamente qué.
Y luego, cuando pasa algo intenso, lo que ocurre no es lo que yo esperaba.
No es “me domina esto”.
No es “pierdo el control”.
Es más extraño.
Es como si de repente volviera a notar todo.
El cuerpo.
La respiración.
El peso del propio cuerpo.
Cosas que normalmente no están en primer plano.
Y eso me descoloca.
Porque pensé que todo esto iba de ir más lejos.
De aguantar más.
De cruzar un límite.
Pero a veces parece lo contrario.
Como si el límite no fuera algo que se atraviesa.
Sino algo que te devuelve.
A ti.
Otra vez.
Y eso no me lo esperaba.
Hay algo incómodo en esa idea.
Porque rompe la fantasía que uno se hace al principio.
La de desaparecer un poco.
La de dejar de pensar tanto.
La de dejar de analizarlo todo.
Pero en la práctica no es así.
En la práctica, lo que aparece es otra cosa.
Demasiada conciencia.
Demasiado cuerpo.
Demasiado “yo” de golpe.
Y eso es lo que me cuesta ordenar.
Porque no sé muy bien qué significa.
A veces pienso que el problema no es lo que pasa.
Sino lo que deja después.
Una especie de exceso de realidad.
Como si algo te recordara demasiado fuerte que estás ahí.
Que eres tú.
Y que no puedes salirte de eso tan fácil como imaginabas.
Eso es lo que no digo en voz alta.
Porque no suena como esperaba que sonara.
No es extremo.
No es claro.
No es una historia cerrada.
Es algo más confuso.
Y por eso sigue aquí.
Dando vueltas.
Sin terminar de irse.
Tengo que mover el cuello…