Hay cosas que me avergüenzan más cuanto menos sexuales parecen.
Esto es una de ellas.
Porque si alguien encontrara mi historial, mis pensamientos o los cientos de asociaciones absurdas que he construido alrededor de esta imagen, probablemente no entendería nada.
Ni yo lo entiendo.
A veces pienso que sería más fácil explicar una fantasía extrema.
Al menos tendría una lógica evidente.
Pero ¿cómo explicas que una de las cosas que más espacio ha ocupado en tu cabeza durante años sea simplemente imaginarte sentado en el regazo de alguien?
Es ridículo.
Y precisamente por eso me cuesta tanto hablar de ello.
Recuerdo que al principio ni siquiera me excitaba.
Solo me llamaba la atención.
Veía una imagen, una escena en una película, una ilustración, cualquier cosa parecida, y algo se quedaba conmigo.
No sabía qué.
Solo volvía.
Como una canción que no te gusta especialmente pero que no puedes sacar de la cabeza.
Durante mucho tiempo pensé que estaba exagerando.
Que era una curiosidad pasajera.
Que desaparecería.
Pero no desapareció.
Empezó a cambiar.
Y eso fue peor.
Porque ya no era solo una imagen.
Era una sensación.
La sensación de que alguien te hace sitio.
La sensación de que durante unos minutos no tienes que decidir dónde estar.
La sensación de que tu cuerpo pertenece exactamente al lugar donde está.
Y cuanto más intentaba ignorarlo, más raro se volvía todo.
Llegó un momento en que empecé a buscar escenas parecidas de forma deliberada.
No porque estuviera buscando excitación exactamente.
O al menos eso me decía.
Me convencía de que estaba investigando.
Que era curiosidad.
Que estaba intentando entender por qué aquello me llamaba tanto la atención.
Pero si soy completamente sincero, creo que ya sabía la respuesta.
Simplemente no me gustaba.
Porque había algo infantil en ello.
Algo vulnerable.
Algo que chocaba contra la imagen adulta que tenía de mí mismo.
Y aun así seguía buscando.
Seguía leyendo.
Seguía observando.
Seguía prestando atención.
Lo más vergonzoso es que nunca era la escena completa.
Eran detalles absurdamente específicos.
La forma en que alguien se acomoda antes de sentarse.
La manera en que deja de sostener parte de su peso.
La confianza automática con la que ocupa ese espacio.
La ausencia total de duda.
Yo me fijaba en cosas así.
Y después me preguntaba por qué demonios me fijaba en cosas así.
Hay noches en las que todavía me descubro pensando en ello.
No como una fantasía concreta.
Más bien como una pregunta sin resolver.
Porque una parte de mí sigue asociando esa imagen con algo parecido a la paz.
Y otra parte sigue sintiendo vergüenza cada vez que lo reconoce.
Quizá porque durante años me he acostumbrado a ser quien sostiene el peso.
Quien decide.
Quien vigila.
Quien calcula.
Y hay algo extrañamente peligroso en imaginar lo contrario.
No porque alguien me obligue.
No porque pierda el control.
Sino porque durante unos minutos dejar de sostenerlo todo parece un alivio demasiado grande.
Demasiado atractivo.
Demasiado necesario.
Y ahí es donde aparece la incomodidad.
Porque empiezo a preguntarme cuánto de todo esto tiene que ver con el regazo.
Y cuánto tiene que ver con el cansancio.
Cuánto tiene que ver con la fantasía.
Y cuánto con la necesidad.
Todavía no lo sé.
Lo único que sé es que sigo volviendo a la misma imagen.
Y cuanto más intento explicarla, menos sencilla parece.
El cuello no lo estoy moviendo…