El Laberinto de la Percha: Por qué el exceso de opciones es la nueva castración

Un dedo se desliza por la pantalla. Arriba, abajo. El brillo del cristal se refleja en la pupila, que ya está un poco seca por el aire acondicionado. Hay trescientas películas disponibles en la categoría de «suspenso psicológico». Trescientas. El tipo mira el catálogo como quien mira un muro de hormigón. Pasan veinte minutos. Pasan cuarenta. Al final, apaga la televisión y se queda mirando el techo en silencio. No ha elegido nada. Ese silencio es el sonido de la libertad moderna colapsando bajo su propio peso. Creíamos que tener todas las categorías nos haría dioses, pero solo nos ha convertido en archivistas de nuestro propio deseo.

Sade se habría reído de este dilema con una sequedad brutal. Para él, la elección era un acto de soberanía, un tajo en la realidad. Hoy, el tajo nos lo hacemos nosotros mismos al intentar procesar un menú infinito. La parálisis no es falta de voluntad. Es el vértigo de saber que elegir algo implica asesinar otras mil posibilidades. Y en el siglo XXI, nadie quiere ser un asesino de opciones.

La estantería infinita y el miedo a perderse algo mejor

La neurociencia lo llama «costo de oportunidad», pero sabe a ceniza. Notamos que algo se contrae en la médula colectiva cuando el algoritmo nos ofrece una «compatibilidad del 98%». Es una presión invisible. Si la máquina dice que es perfecto, ¿por qué siento que me estoy equivocando? No es una duda metafísica. Es el miedo a que, en la página siguiente, haya una versión de la felicidad con un descuento mayor o una resolución más alta.

El sistema no quiere que elijas. Quiere que busques.

Nada más.

Mientras buscas, consumes tiempo, datos y esperanza. La mecánica de la indecisión es de una precisión gélida: nos mantiene en la sala de espera de nuestra propia vida. Tal vez no sea falta de criterio. Tal vez sea que nos han convencido de que la elección «correcta» existe, cuando en realidad solo existen las elecciones hechas. Pero admitir eso duele.

Y el problema es este: nadie quiere cerrar la puerta

Resulta casi tierno ver a alguien en el supermercado comparando dos marcas de detergente durante cinco minutos. El zumbido de los fluorescentes le golpea la nuca. Lee los ingredientes como si fueran un testamento. Lo que busca no es limpieza, es la seguridad de no ser un idiota por pagar diez céntimos más. Sade entendía que el placer requiere crueldad, incluso hacia uno mismo; hay que ser cruel con las opciones sobrantes para disfrutar de la elegancia de lo elegido.

¿Quién tiene el valor de descartar hoy? La madurez en este desierto de abundancia consiste en aceptar que la libertad visual quema si no se tiene un filtro. Nos venden la omnipotencia de la percha infinita, pero se olvidan de mencionar que el cuello del espectador tiene un límite de giro. Al final, el exceso de categorías no expande el mundo, lo aplasta.

Inventario de una voluntad bajo mínimos

Exploramos un mapa donde la parálisis es la norma y la acción es una anomalía sospechosa. El fetiche de la variedad nos ha entregado un catálogo de vidas posibles tan extenso que la vida real se queda acumulando polvo en un rincón. Somos sujetos que buscan en la comparación una confirmación de su inteligencia, olvidando que el reloj no se detiene a esperar nuestras reseñas.

Tal vez no sea parálisis.

O sí.

Pero si no lo es, se siente como un peso muerto en el estómago cada vez que tenemos que decidir entre dos caminos que llevan al mismo sitio.

Y mañana volveremos a abrir la aplicación. Miraremos las miniaturas con la esperanza de que algo nos elija a nosotros, en lugar de tener que ejercer nosotros el terror de la preferencia. Como si no supiéramos que el tiempo es lo único que no tiene categoría de devolución.