El Cubo de Cal: La Habitación como Protocolo de Absorción y Memoria Mineral

Lo que más me inquieta no es recordar al Amo.

Ni siquiera es recordar la sesión.

Es recordar la habitación.

Porque una persona puede marcharse.

Una sesión puede terminar.

Un acontecimiento puede convertirse en pasado.

Pero la habitación permanece.

Y algo dentro de mí sigue regresando allí.

No físicamente.

Mentalmente.

Como si una parte de mi atención nunca hubiera abandonado aquel lugar.

Intento pensar en otra cosa.

Fracaso.

Intento recordar otros momentos.

Fracaso.

Intento ordenar los acontecimientos cronológicamente.

Fracaso otra vez.

Porque la memoria parece rechazar la historia y aferrarse únicamente a la atmósfera.

A la distancia entre los objetos.

A la textura de las paredes.

A la posición exacta desde la que esperaba.

A la sensación insoportable de que algo se acercaba lentamente.

Y que mi única función consistía en permanecer allí mientras se acercaba.

La contradicción se vuelve cada vez más difícil de ignorar.

No quiero que ocupe tanto espacio.

Pero ocupa espacio.

No quiero pensar en ello constantemente.

Pero pienso en ello constantemente.

No quiero convertirlo en el centro de mi atención.

Pero termina convirtiéndose en el centro de mi atención.

Y cuanto más intento expulsarlo, más sólido parece volverse.

Como si la resistencia fuese precisamente el alimento que necesita para crecer.

La obsesión ya no se parece a un pensamiento.

Se parece a una habitación.

Una habitación interior.

Un lugar al que regreso una y otra vez intentando encontrar una respuesta.

Y cada vez encuentro únicamente más preguntas.

¿Por qué recuerdo ciertos detalles y no otros?

¿Por qué algunas imágenes permanecen intactas mientras todo lo demás se vuelve borroso?

¿Por qué la espera parece más importante que aquello que estaba esperando?

¿Por qué la tensión sigue creciendo cuando ya no existe ninguna situación real que la justifique?

Las preguntas se abren.

Nunca se cierran.

Y la excitación aparece exactamente allí.

No en las respuestas.

En la apertura.

En la imposibilidad de concluir.

En la sensación de que existe algo que todavía no ha sido comprendido.

Algo que sigue llamando desde el otro lado de una puerta que nunca termina de cerrarse.

A veces pienso que eso es lo que realmente permanece.

No el recuerdo.

No el deseo.

No la experiencia.

La puerta.

La sensación de una puerta que sigue abierta unos centímetros.

Y toda mi atención concentrada en el espacio oscuro que existe detrás.

Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…