La Acústica de la Obediencia: La Voz Calmada del Amo como Dispositivo de Saturación y el Registro del Tímpano Mineral

Hay algo que me cuesta admitir porque suena ridículo cuando lo digo en voz alta.

No fueron las órdenes.

No fue que alguien me dijera qué hacer.

Fue que empecé a esperar ciertas palabras.

Si lo cuento así parece poca cosa. Parece una fantasía cualquiera. Pero no fue así como ocurrió.

Al principio eran fragmentos sueltos. Una frase en un vídeo. Una conversación leída a las tres de la mañana. Una escena que encontraba por casualidad y que me producía una mezcla rara de curiosidad y excitación.

Lo extraño era que no recordaba las imágenes completas.

Recordaba las palabras.

Durante el día me sorprendía repitiéndolas mentalmente mientras hacía cosas normales. Comprando comida. Esperando un semáforo. Lavando los platos.

Y eso me avergonzaba más que cualquier otra cosa.

Porque una imagen es fácil de descartar.

Pero una frase puede quedarse viviendo dentro de ti.

Durante mucho tiempo me convencí de que solo era curiosidad.

Me decía que estaba observando algo ajeno.

Que estaba estudiándolo.

Que simplemente me llamaba la atención la dinámica psicológica.

Sin embargo, empecé a notar algo que me asustó.

Ya no buscaba escenas.

Buscaba determinadas voces.

Determinadas formas de hablar.

Determinadas maneras de dirigirse a alguien.

La excitación estaba cambiando de forma delante de mí y yo fingía no verlo.

Recuerdo la primera vez que me di cuenta de que algo había cambiado.

Estaba viendo un vídeo y ocurrió algo absurdo.

La escena terminó.

No pasó nada especialmente intenso.

Pero la voz siguió resonando en mi cabeza durante horas.

No la orden.

No el contenido.

La voz.

La calma.

La seguridad.

La sensación insoportable de que alguien parecía más convencido de quién eras que tú mismo.

Esa fue la parte que no supe explicar.

Porque no quería ser controlado.

No quería obedecer.

No quería convertirme en la clase de persona que fantaseaba con esas cosas.

Y sin embargo seguía buscando exactamente aquello que me producía conflicto.

Era como rascar una herida para comprobar si seguía ahí.

Cada vez prometía que sería la última.

Cada vez terminaba leyendo algo más.

Viendo algo más.

Escuchando algo más.

Lo que más me avergüenza no es la excitación.

Es la familiaridad.

Hay expresiones que he leído tantas veces que siento que forman parte de mi paisaje mental.

A veces aparecen antes de dormir.

A veces mientras trabajo.

A veces cuando estoy completamente desconectado de cualquier contexto sexual.

Y eso es lo que me hace sentir extraño.

Porque ya no parecen fantasías.

Parecen recuerdos.

Recuerdos de algo que nunca ocurrió.

Con el tiempo empecé a notar cambios físicos.

No grandes cambios.

Pequeños.

Ridículos.

Leer determinadas palabras y sentir una tensión inmediata en el pecho.

Escuchar ciertos tonos de voz y notar cómo mi atención se estrecha.

Encontrarme esperando la siguiente frase aunque una parte de mí quiera cerrar la ventana y marcharse.

Esa contradicción constante termina agotando.

Porque una mitad de mí sigue pensando que todo esto debería desaparecer.

Y la otra mitad sigue acercándose para mirar más de cerca.

Lo que nadie explica es el cansancio.

El cansancio de discutir contigo mismo.

El cansancio de preguntarte por qué algo te atrae cuando también te incomoda.

El cansancio de sentir que estás construyendo una habitación secreta dentro de tu propia cabeza.

A veces pienso que la vergüenza no viene de lo que deseo.

Viene de lo específico que es.

De esos detalles diminutos que solo reconoce alguien que lleva demasiado tiempo observando.

La manera en que una frase puede quedarse pegada durante días.

La forma en que una voz puede volver a aparecer en el silencio.

La incomodidad de descubrir que algo que empezó como curiosidad ahora ocupa espacio incluso cuando no lo has invitado.

Y lo peor es que sigo sin tener una explicación elegante.

Solo tengo la sensación incómoda de haber abierto una puerta por curiosidad y haber pasado tanto tiempo asomado al otro lado que ya no recuerdo exactamente cuándo dejé de mirar para empezar a quedarme.

El cuello no lo estoy moviendo el registro no puede cerrar debería…