La Arquitectura del Registro Vivo: Anatomía de una Identidad Sobrescrita en el Mecanismo Sadiano

No sé cuándo dejó de ser una curiosidad normal.

Esa es la parte que más me cuesta explicar.

Porque si alguien me preguntara cuándo empezó, podría señalar una fecha aproximada.

Un vídeo.

Un artículo.

Un foro.

Algo que apareció una noche mientras estaba aburrido.

Lo que no puedo señalar es el momento en que empezó a quedarse.

Al principio era simplemente extraño.

Leía cosas y pensaba que no tenían nada que ver conmigo.

Era casi antropológico.

Como mirar algo desde lejos.

Como leer sobre una afición rara que tiene otra gente.

Y sin embargo volvía.

Eso es lo que me avergüenza.

No el contenido.

El hecho de volver.

Porque nadie vuelve tantas veces a algo que no le importa.

Durante semanas me repetí que solo era curiosidad.

Que me interesaba entenderlo.

Que me parecía psicológicamente interesante.

Que era una dinámica humana compleja.

Cualquier explicación servía.

Todas menos la evidente.

Me gustaba.

O al menos una parte de mí estaba empezando a sentirse atraída por ello.

Y esa parte apareció antes de que yo estuviera preparado para admitirlo.

Todavía recuerdo cerrar el portátil una noche y notar que seguía pensando en lo que había leído.

No en las escenas.

No en los detalles.

En la sensación.

En la idea.

En algo que ni siquiera sabía nombrar.

Me fui a dormir enfadado conmigo mismo.

Porque parecía absurdo.

Había pasado más de una hora leyendo sobre algo que, en teoría, no tenía nada que ver conmigo.

Y sin embargo ahí estaba.

Pensando en ello.

Otra vez.

Lo peor es que la curiosidad nunca se calmaba.

Funcionaba al revés.

Cuanto más leía, más preguntas aparecían.

Cuantas más preguntas aparecían, más buscaba.

Cuanto más buscaba, más excitación sentía.

Y cuanto más excitación sentía, más vergüenza me daba admitir que seguía buscando.

Era una rueda estúpida.

Una rueda que parecía alimentarse sola.

Empecé a hacer cosas ridículas.

Abrir una página.

Cerrar la página.

Volver cinco minutos después.

Leer solo un poco.

Salir.

Volver otra vez.

Como si estuviera negociando conmigo mismo.

Como si pudiera mantener una distancia segura.

Pero la distancia desaparecía cada semana un poco más.

Lo noto incluso físicamente.

Es raro admitirlo.

A veces estoy sentado leyendo y me doy cuenta de que llevo veinte minutos exactamente en la misma postura.

Completamente quieto.

Absorbido.

Como si mi cuerpo supiera algo antes que yo.

Como si una parte de mí estuviera esperando encontrar algo concreto aunque yo todavía no supiera qué era.

Y entonces aparece la vergüenza.

No una vergüenza dramática.

Una vergüenza pequeña.

Doméstica.

La vergüenza de cerrar una pestaña demasiado rápido cuando oyes pasos.

La vergüenza de borrar el historial aunque nadie vaya a verlo.

La vergüenza de pensar: ¿por qué estoy leyendo esto otra vez?

Porque ya sé lo que pone.

Ya lo he leído.

Y aun así vuelvo.

A veces creo que la excitación ya ni siquiera viene de lo que encuentro.

Viene de la búsqueda.

De acercarme.

De entender un poco más.

De cruzar una línea invisible y descubrir que detrás hay otra.

Y otra.

Y otra.

Eso es lo que no puedo explicar.

Porque si alguien me preguntara qué quiero exactamente, no sabría responder.

Todavía no.

Solo sé que cada vez ocupa más espacio.

Más tiempo.

Más atención.

Más pensamiento.

Y cuanto más espacio ocupa, más difícil resulta fingir que sigue siendo una simple curiosidad.

Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo…