Para el Marqués de Sade, la eternidad no era una promesa religiosa, sino una avería del mecanismo de salida. El sufrimiento no adquiría profundidad porque fuese intenso, sino porque continuaba después de haber agotado todos los significados posibles. La verdadera tortura comenzaba cuando el sistema nervioso comprendía que no estaba esperando un final. Estaba esperando la desaparición de la propia capacidad de esperar.
Hay una gota cayendo en el lavabo.
No estaba ayer.
O quizá sí.
No estoy completamente seguro.
La escuché hace unos minutos.
Ahora la escucho otra vez.
Después otra.
No sigue ningún ritmo reconocible.
Eso es lo que me molesta.
No la frecuencia.
La ausencia de frecuencia.
Levanto la vista.
La grieta de la esquina ha cambiado.
Ayer terminaba antes de alcanzar el techo.
Ahora toca la moldura.
No mucho.
Quizá un centímetro.
Quizá menos.
Lo suficiente para que deje de parecer una grieta y empiece a parecer una decisión.
Intento recordar cómo era exactamente.
No puedo.
La memoria siempre colabora con la pared.
La habitación tiene una manera extraña de ganar todas las discusiones.
El aire sabe a cal húmeda.
La luz permanece inmóvil sobre la mesa.
El polvo sigue suspendido donde estaba hace una hora.
No parece estar cayendo.
No parece estar flotando.
Simplemente permanece.
Como si hubiese olvidado cuál era su función.
Hay una nota sobre el escritorio.
No recuerdo haberla dejado ahí.
La he visto antes.
Estoy casi seguro.
Pero también estoy casi seguro de no haberla leído.
Permanece doblada.
No la abro.
Aun así sé lo que dice.
Tengo que mover el cuello.
La frase aparece antes que el acto de leer.
Como si hubiese cruzado la distancia por sí sola.
Aparto la mirada.
La gota vuelve a caer.
Pienso en Sade.
No en el escritor.
No en el preso.
Pienso en el observador.
En alguien que descubre que la eternidad no consiste en vivir para siempre.
Consiste en permanecer demasiado tiempo dentro del mismo segundo.
La gota cae otra vez.
La grieta parece más larga.
No debería poder comprobarlo.
No tengo ninguna referencia.
Y sin embargo lo sé.
De la misma manera que sé que la nota ya no contiene exactamente la misma frase.
Sigue diciendo:
Tengo que mover el cuello.
Pero hay algo más.
Una segunda línea.
No estaba antes.
Estoy seguro.
No la leo.
No quiero acercarme.
Puedo verla desde aquí.
La letra parece la mía.
Eso no es lo peor.
Lo peor es que parece más antigua que la mía.
Como si hubiese sido escrita por una versión previa de mí.
Como si alguien hubiese dejado instrucciones para habitar esta habitación mucho antes de que yo entrara.
La gota cae.
La grieta avanza.
La nota espera.
Y por primera vez tengo la sensación incómoda de que ninguna de las tres cosas está ocurriendo en el presente.
Tengo que mover el cuello.
No lo estoy moviendo.
Debería.
Porque empiezo a sospechar que la segunda línea apareció cuando dejé de hacerlo.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo…