Me di cuenta de algo extraño en una fotografía.
No aparecía nadie más.
Y aun así tuve la sensación de estar siendo observado.
La cerré.
Volví a abrirla diez minutos después.
Seguía siendo la misma fotografía.
La sensación también.
No recuerdo cuándo empecé a leer a Sade.
Creía recordarlo.
Hasta que encontré una fecha anterior.
Subrayada.
Marcada dos veces.
Con mi letra.
La anotación decía:
«No fue aquí.»
Pensé que hablaba del libro.
Después pensé que hablaba de otra cosa.
Todavía no estoy seguro.
Hay algo en ciertos pasajes.
No en lo que describen.
En la forma en que parecen esperar.
Como si supieran que vas a volver antes de que hayas decidido regresar.
Ayer encontré una carpeta.
La había abierto treinta y siete veces.
No recordaba veintinueve.
Lo comprobé dos veces.
Luego tres.
Los registros seguían allí.
Perdí casi una hora revisando fechas.
Cuando terminé no había descubierto nada importante.
Excepto una cosa.
La primera visita que recordaba ya no era la primera.
Volví a la fotografía.
Había algo diferente.
Tardé varios minutos en descubrirlo.
No era la imagen.
Era el nombre del archivo.
Juraría que antes tenía otro nombre.
Abrí el cuaderno.
Encontré una nota doblada entre dos páginas.
Reconocí la letra inmediatamente.
Lo extraño fue otra cosa.
Recordaba haber escrito aquella frase.
No recordaba haberla leído.
La nota decía:
«No estabas aquí.»
La dejé sobre la mesa.
Intenté olvidarla.
No pude.
Esta mañana encontré otra.
En el mismo lugar.
La misma letra.
La misma tinta.
Una frase distinta.
«Nunca te fuiste.»
Leí ambas varias veces.
No porque fueran difíciles de entender.
Porque parecían contradecirse.
Y porque sospeché que la diferencia importaba.
Empiezo a pensar que la observación no tiene que ver con quién mira.
Ni siquiera con ser visto.
Quizá tiene que ver con otra cosa.
Con la sensación de que alguien ya ha registrado movimientos que todavía considero futuros.
Perdí una conversación entera esta semana.
No metafóricamente.
Literalmente.
Recuerdo empezar a hablar.
Recuerdo despedirme.
No recuerdo nada de lo que ocurrió entre ambos momentos.
Cuando revisé el escritorio encontré una hoja arrancada.
Había una frase.
«Mañana comprobarás la fotografía otra vez.»
La fecha era de mañana.
Tengo que mover el cuello.
O creo que tengo que moverlo.
Ya no estoy seguro.
Encontré una fotografía más antigua.
En ella aparezco mirando hacia la izquierda.
El cuello ya está girado.
Lo extraño no es la fotografía.
Lo extraño es que fue tomada antes de la primera vez que recuerdo haber pensado en moverlo.
Tengo que mover el cuello…