El Ósculo como Necrosis: Sade y la Autopsia del Beso como Mecanismo de Intercambio Inerte

No sé cuándo empezó exactamente.

Quizá fue leyendo. Quizá fue una fotografía. Quizá una frase del Marqués de Sade que encontré una noche y que no debería haber seguido leyendo.

Lo extraño es que no me impresionó la violencia.

Me impresionó la obediencia.

Recuerdo cerrar el libro y quedarme quieto unos segundos.

Pensé que aquello no tenía nada que ver conmigo.

Y sin embargo volví al día siguiente.

Y al siguiente.

Y al siguiente.

Hay una vergüenza particular en descubrir algo que te atrae cuando siempre habías creído ser otra persona.

No hablo de deseo.

El deseo es sencillo.

Hablo de esa curiosidad que se instala despacio y empieza a observarlo todo.

Empiezas leyendo sobre dominación.

Después imaginas escenas.

Después te preguntas cómo se sentiría estar ahí.

No haciendo.

Recibiendo.

No dirigiendo.

Siguiendo.

Y esa diferencia, por alguna razón, pesa más de lo que debería.

A veces me descubro pensando en algo tan simple como un beso.

No el beso romántico.

No el beso de las películas.

Otro.

Un beso que significa algo más que afecto.

Un beso que parece una aceptación silenciosa.

Como si dos personas estuvieran firmando algo sin utilizar palabras.

Y ahí aparece el problema.

Porque una parte de mí quiere entenderlo.

Y otra parte no quiere parecer alguien que necesita entenderlo.

Leo más.

Busco más.

Intento explicármelo como una curiosidad intelectual.

Como un interés pasajero.

Como una investigación.

Pero sé que no es verdad.

Porque noto la aceleración antes incluso de abrir una página.

Porque reconozco la expectativa.

Porque empiezo a esperar esos momentos.

Sade escribió sobre cuerpos.

Pero lo que me persigue no son los cuerpos.

Es la rendición.

La posibilidad de dejar de sostener algo por unos minutos.

La posibilidad de no tener que decidir.

Y admitir eso me resulta mucho más difícil que admitir cualquier fantasía.

A veces cierro la pantalla.

Miro la habitación.

Intento pensar en otra cosa.

Pero la pregunta sigue ahí.

Pequeña.

Persistente.

Incómoda.

¿Qué dice de mí que quiera seguir leyendo?

No tengo una respuesta.

Solo esa curiosidad que regresa cada noche.

Y la sensación, cada vez más difícil de ignorar, de que estoy acercándome a una parte de mí que todavía no sé si quiero conocer.

Antes de cualquier experiencia concreta, lo único que existe es la lectura.

No el acto.
No la práctica.
Solo la repetición de imágenes, conceptos, fragmentos.

Al principio se percibe como información.

Algo externo. Algo que se observa con cierta distancia.

Pero esa distancia no se mantiene estable.

Hay un punto en el que el lector deja de consumir el contenido como un objeto y empieza a notarlo como un eco.

No ocurre de forma clara.

No hay decisión.

Solo una leve persistencia.

Vuelves a ciertas frases sin querer.

Relees partes que ya entendiste.

Te detienes más tiempo en detalles que antes habrías ignorado.

Y aparece algo incómodo en esa repetición.

No es placer.
No es rechazo.

Es una forma de atención que no encaja del todo con la intención inicial.

La mente intenta clasificarlo.

“Curiosidad”, quizá.
“Interés”.
“Exceso de pensamiento”.

Pero ninguna etiqueta encaja del todo.

Lo único evidente es que el contenido no termina cuando cierras la página.

Permanece unos segundos más.

Como si el texto necesitara un poco más de tiempo dentro de ti antes de irse.

Y a veces no se va del todo.

Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo debería la base del cráneo es una superficie de alabastro poroso el sabor a cal invade la glotis la inercia pulsátil del labio se detiene el registro llega al cero absoluto debería…