El Cantero Interno: Mi Fatiga como Cemento de mi propia Celda

Hay algo que me avergüenza incluso más que recordarlo.

Que no tengo que recordarlo.

Porque ya está ahí.

Antes de abrir los ojos por la mañana no aparece una imagen.

No aparece una orden.

No aparece una fantasía.

Aparece una presencia.

Algo que ocupa espacio antes de que el pensamiento empiece a funcionar.

A veces despierto unos segundos antes de que suene la alarma.

Y durante esos segundos ocurre algo extraño.

No pienso en el Amo.

Pero tampoco estoy libre de él.

Es una situación más incómoda.

Porque significa que ha dejado de ser un pensamiento para convertirse en una condición.

Miro el techo.

Intento identificar qué estoy sintiendo.

No parece deseo.

No parece tristeza.

No parece nostalgia.

Y cuanto más tiempo paso intentando clasificarlo, más imposible resulta.

Entonces recuerdo una mañana concreta.

Un hombre desconocido esperando el autobús.

Llevaba una chaqueta azul demasiado grande.

Tenía una bolsa de plástico arrugada en la mano.

Nada destacable.

Nada memorable.

Sin embargo recuerdo perfectamente cómo movía el pie izquierdo hacia delante y hacia atrás mientras esperaba.

Porque mientras lo observaba pensé:

«El Amo habría visto eso.»

Y desde ese instante el hombre dejó de ser un desconocido.

Se convirtió en una observación compartida.

Eso es lo que empieza a asustarme.

No que el Amo aparezca.

Sino que aparece entre las cosas.

Entre detalles que no tienen ninguna relación con él.

Entre objetos.

Entre gestos.

Entre fragmentos inútiles de realidad.

Estoy preparando café.

El agua todavía no hierve.

Y de repente recuerdo la marca circular.

La pequeña marca que dejó durante la última sesión.

Ya casi ha desaparecido.

Queda apenas una sombra.

Una variación mínima del color de la piel.

Pero sigo comprobando si continúa ahí.

Sin motivo.

Como quien verifica que una palabra sigue escrita en una página aunque ya la haya leído cien veces.

Intento concentrarme en otra cosa.

Fracaso.

No porque la marca sea importante.

Sino porque permanece.

Y la permanencia es precisamente el problema.

El Marqués de Sade escribió sobre cárceles.

Yo creo que entendió algo peor.

Que las verdaderas cárceles no siempre cierran puertas.

A veces simplemente reorganizan la atención.

Y una vez que la atención aprende una ruta determinada, continúa recorriéndola sola.

Horas después estoy viendo un vídeo absurdo.

Un documental sobre restauración de relojes.

No aparece nada relacionado con el Amo.

Nada relacionado con la sumisión.

Nada relacionado con el laboratorio.

Y aun así algo ocurre.

La cámara enfoca una pieza metálica diminuta.

El restaurador la limpia.

La vuelve a colocar.

Y de repente siento esa sensación otra vez.

Esa sensación imposible de explicar.

Como si algo hubiera sido colocado exactamente donde debía estar.

Y entonces vuelvo a pensar en él.

Otra vez.

Siempre otra vez.

Cuanto más intento entenderlo menos sentido tiene.

Cuanto menos sentido tiene más espacio ocupa.

Cuanto más espacio ocupa más difícil resulta ignorarlo.

Y cuanto más difícil resulta ignorarlo más vergüenza siento.

Porque sigo diciéndome que debería desaparecer.

Que el tiempo debería corregirlo.

Que las semanas deberían desgastarlo.

Pero el tiempo no ayuda.

El tiempo participa.

El tiempo trabaja para él.

No existe el olvido.

Existe la acumulación.

Existe la permanencia.

Existe la forma en que una presencia termina instalándose entre pensamientos que nunca fueron diseñados para contenerla.

Y algunas noches, justo antes de dormir, cuando el apartamento está completamente en silencio, me descubro observando una taza vacía sobre la mesa durante varios minutos.

No sé por qué.

No ocurre nada.

La taza sigue siendo una taza.

La habitación sigue siendo una habitación.

Y sin embargo tengo la sensación insoportable de que el Amo sigue ahí.

No delante de mí.

No detrás de mí.

Sino dentro de la forma en que observo las cosas.

Y esa diferencia es mucho más difícil de expulsar.

No lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…