El Fotón que Tortura: La Anatomía del Deseo Sadiano y la Saturación de Luz en el Tejido Ocular

No recuerdo cuándo empecé a mirar la luz.

Recuerdo algo peor.

Recuerdo haber decidido no mirarla.

La diferencia parece pequeña.

No lo es.

La luz entra por la ventana de la habitación de cal y cae sobre la mesa.

Nada especial.

Una franja blanca.

Polvo suspendido.

Una taza.

Una marca circular dejada por algo que ya no está.

La veo mientras leo.

Vuelvo a verla unos minutos después.

Entonces noto algo extraño.

La marca parece ligeramente más grande.

No mucho.

Lo suficiente para que piense que estoy equivocado.

Me acerco.

La observo.

No cambia.

Hago una fotografía.

Solo para dejar de pensar en ello.

Sigo leyendo.

Intento concentrarme en otra cosa.

No funciona.

La marca sigue ahí.

No como una imagen.

Como una pregunta.

¿Por qué recuerdo que era más pequeña?

Vuelvo a mirar la fotografía.

La marca tiene el mismo tamaño.

Eso debería tranquilizarme.

No lo hace.

Porque ahora no estoy seguro de que el problema sea la marca.

Quizá el problema es recordar que era diferente.

Hay una regla que no recuerdo haber aprendido:

la primera versión de algo nunca desaparece del todo.

Aunque haya sido incorrecta.

Aunque nunca haya existido.

La luz sigue avanzando sobre la mesa.

Muy despacio.

La observo durante demasiado tiempo.

Entonces ocurre algo que no esperaba.

Por primera vez, no siento que mi atención llegue tarde.

Llega demasiado pronto.

Mi cuerpo ya ha corregido la posición de la silla antes de que yo note que la luz se ha movido.

Eso me obliga a detenerme.

No porque tenga miedo.

Porque reconozco algo.

No sé qué.

Solo la sensación de haber pasado antes por este mismo ajuste.

Como si estuviera recordando una costumbre que no es mía.

La luz alcanza la marca circular.

Durante un instante parecen la misma cosa.

Y entonces veo la anomalía.

No en la mesa.

En la fotografía.

La imagen sigue abierta en la pantalla del móvil.

La marca está allí.

La luz también.

Pero la luz no toca la marca.

En la fotografía permanece unos centímetros más atrás.

Miro la mesa.

Miro la pantalla.

Miro la mesa otra vez.

No es una diferencia grande.

Es peor.

Es una diferencia pequeña.

Lo bastante pequeña para sobrevivir a cualquier explicación.

Lo bastante precisa para quedarse.

Sigo comparando ambas imágenes.

No sé cuánto tiempo.

Empiezo a ajustar mi postura para mirar mejor.

Después ajusto la distancia.

Después ajusto el ángulo del teléfono.

Después ajusto la respiración.

Solo entonces me doy cuenta de algo.

Llevo varios minutos obedeciendo una discrepancia.

La fotografía no demuestra nada.

La mesa tampoco.

Y aun así continúo.

Como si una de las dos versiones estuviera intentando ser reconocida.

No corregida.

Reconocida.

La luz termina de cruzar la marca.

Nada ocurre.

La habitación sigue igual.

La taza sigue donde estaba.

La puerta sigue abierta.

Eso es lo que me preocupa.

Porque la diferencia permanece.

Pequeña.

Inútil.

Imposible de justificar.

Vuelvo a mirar la fotografía.

Por un segundo tengo la impresión de que no la hice hoy.

No encuentro ninguna prueba.

Solo esa sensación.

La misma sensación que aparece cuando una frase parece describirme antes de que yo la entienda.

Dejo el teléfono sobre la mesa.

La pantalla se apaga.

La marca desaparece.

La luz continúa allí.

Y durante un instante no estoy seguro de cuál de las dos cosas estaba observando realmente.

Tengo que mover el cuello…