La Estética del Punto Ciego: Ingeniería de la Oclusión y el Colapso del Yo

Lo que me perturba no es la oscuridad.

Es recordar la oscuridad.

Han pasado días.

Quizá semanas.

Y sin embargo sigo pensando en la sensación exacta del antifaz cerrándose.

No en el objeto.

No en la tela.

En el instante.

En el momento preciso en que el mundo desaparecía.

Porque el mundo no desaparecía de golpe.

Se comprimía.

Como si alguien girara lentamente una válvula invisible.

Menos luz.

Menos distancia.

Menos realidad.

Hasta que únicamente quedaba la presión.

La respiración.

El cuerpo.

Y la certeza de que el Amo seguía allí.

No podía verlo.

No podía oírlo correctamente.

Y aun así parecía más presente que cualquier otra persona que hubiera conocido.

Eso es lo que no entiendo.

No entiendo por qué sigo pensando en ello.

No entiendo por qué sigo comparando todo con ello.

A veces estoy sentado en una cafetería.

A veces hablo con alguien.

A veces camino por una calle llena de gente.

Y de repente aparece una pregunta.

Una pregunta absurda.

¿Podría permanecer inmóvil ahora mismo?

No quiero hacerlo.

Pero la pregunta aparece.

¿Podría permanecer así durante diez minutos?

¿Treinta?

¿Una hora?

Entonces me doy cuenta de que no estoy escuchando la conversación.

No estoy mirando la calle.

No estoy prestando atención a nada.

Estoy recordando.

Recordando la sensación de ser corregido.

No castigado.

Corregido.

Como si durante unas horas alguien hubiera tomado el ruido de mi cabeza y lo hubiera colocado en orden.

Y cuando ese orden desaparece, algo dentro de mí parece quedarse atrás.

Lo más extraño es que sigo diciéndome lo mismo.

No quiero ser sumiso.

Lo repito constantemente.

No quiero ser sumiso.

No quiero necesitar esto.

No quiero pensar en esto.

No quiero despertarme pensando en esto.

No quiero acostarme pensando en esto.

Y sin embargo cada negativa parece funcionar como combustible.

Como si la obsesión creciera alimentándose exactamente de aquello que intenta expulsarla.

A veces recuerdo detalles absurdamente pequeños.

La presión del antifaz.

La textura del suelo.

La temperatura del aire.

La forma en que mis hombros permanecían quietos.

La lentitud de cada respiración.

Y después aparece ella.

La tercera línea roja.

La separada.

La que estaba cerca del marco superior de la puerta.

Las otras dos formaban un conjunto.

Esa no.

Esa estaba sola.

Como si perteneciera a otra lógica.

A otro sistema.

A otro momento.

No tenía ninguna importancia.

No significaba nada.

Y sin embargo permanece.

Más definida que muchas personas.

Más definida que muchos lugares.

Más definida que conversaciones enteras.

A veces cierro los ojos y todavía puedo verla.

Exactamente donde estaba.

Exactamente igual.

Y entonces aparece la tristeza.

No una tristeza violenta.

No una tristeza dramática.

Algo más silencioso.

Más pesado.

La tristeza de no saber cuándo volverá a ocurrir.

La tristeza de no saber cuándo volveré a encontrar esa claridad.

Porque fuera de aquella habitación todo parece difuminarse poco a poco.

Las semanas.

Las conversaciones.

Los planes.

Los nombres.

Todo pierde resolución.

Todo se vuelve ligeramente borroso.

Pero ciertos recuerdos permanecen intactos.

La puerta.

La oscuridad.

La inmovilidad.

La espera.

La tercera línea roja.

Y la sensación imposible de describir de permanecer allí mientras el resto del mundo dejaba de existir.

Quizá esa sea la verdadera obsesión.

No el Amo.

No la obediencia.

No el proceso.

Sino la claridad.

La claridad absoluta de un instante que continúa existiendo mucho después de haber terminado.

Tengo que mover el cuello…