La sensación no cambia cuando ocurre algo.
Cambia cuando decido comprobar si podría haber cambiado.
No sé cuándo empezó esto.
Esa es la primera anomalía.
La taza está sobre la mesa.
Eso debería ser suficiente.
Pero no lo es.
Porque la frase no confirma la taza.
Solo confirma que existe alguien escribiendo la frase.
Y no recuerdo haber empezado a escribirla.
La alarma sigue puesta.
Tres minutos antes.
Eso ya no es un detalle.
Es una constante.
Empiezo a buscar el origen de esos tres minutos.
No lo encuentro en la alarma.
Lo encuentro en el momento en que decidí fijarme en ella.
Intento recordar la taza.
No la taza en sí.
El acto de haberla comprobado.
Pero no hay un acto.
Solo hay una necesidad previa a cualquier recuerdo.
Y esa necesidad no tiene forma.
Solo efecto.
La taza está más cerca.
No debería poder afirmarlo.
No recuerdo dónde estaba antes.
O sí lo recuerdo, pero ese recuerdo cambia cada vez que lo reviso.
Y ahora ya no sé si la taza se mueve…
o si es la distancia la que depende de que yo la mire.
El cuello aparece otra vez.
No como movimiento.
Como verificación.
Si lo muevo, algo debería estabilizarse.
Pero nunca se estabiliza.
Solo cambia el criterio de lo que cuenta como estabilidad.
Empiezo a escribir una conclusión.
La borro.
No porque sea incorrecta.
Sino porque ya estaba escrita antes de que yo la pensara.
O después.
O ninguna de las dos cosas.
La alarma tres minutos antes.
Siempre.
Nunca tres minutos después.
Empiezo a sospechar que los tres minutos no miden el tiempo.
Miden el momento en el que empiezo a observar.
La taza sigue fría.
Eso no es lo extraño.
Lo extraño es que necesito que siga fría para poder seguir leyendo esto.
Y entonces aparece la pregunta que no es una pregunta:
¿qué ocurre primero…
la cosa…
o la necesidad de comprobarla?
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo debería…