El cuello no lo estoy moviendo.
Debería.
No hay ninguna razón para que siga sentado aquí.
La pantalla ya está apagada.
Ni siquiera estoy leyendo.
Hace unos minutos me dije que iba a dormir.
Lo recuerdo perfectamente.
Entonces, ¿por qué sigo aquí?
La taza vacía sigue sobre la mesa.
Hay un círculo de café seco en el borde.
No recuerdo cuándo fue la última vez que la toqué.
Eso me pasa cada vez más.
No olvidar cosas importantes.
Olvidar momentos pequeños.
El instante exacto en que decidí volver.
El instante exacto en que abrí otra pestaña.
El instante exacto en que pensé:
solo cinco minutos más.
Miro el historial.
No sé por qué.
Ya sé lo que voy a encontrar.
Las mismas búsquedas.
Las mismas palabras.
Las mismas páginas.
Nada nuevo.
Eso es lo que más me inquieta.
Si estuviera descubriendo algo distinto cada día tendría sentido.
Pero no.
Vuelvo a las mismas cosas.
Como si estuviera comprobando que siguen allí.
Como si necesitara que siguieran allí.
Y no entiendo por qué.
Hace unas semanas pensaba que buscaba información.
Ahora ya no estoy tan seguro.
La información tiene un límite.
Se aprende.
Se comprende.
Se archiva.
Esto no.
Esto parece crecer cada vez que intento entenderlo.
A veces me digo que es simple curiosidad.
Y durante unos segundos me lo creo.
Después recuerdo algo.
No las prácticas.
No las imágenes.
No los detalles.
La sensación.
Eso es lo que vuelve.
La sensación de leer a alguien describiendo cómo espera una instrucción.
Y notar algo parecido al alivio.
Es una palabra horrible.
Alivio.
Porque implica que había un peso antes.
Y no sé cuál era ese peso.
O quizá sí lo sé.
Quizá sea la necesidad constante de decidir.
Elegir.
Corregir.
Anticipar.
Responsabilizarse.
Quizá sea eso.
Quizá no.
La grieta junto al rodapié sigue ahí.
La miro otra vez.
Es exactamente la misma.
Eso debería tranquilizarme.
No lo hace.
Porque empiezo a sospechar que nunca he vuelto para comprobar las páginas.
He vuelto para comprobarme a mí.
Para ver si sigo reaccionando igual.
Para ver si la sensación sigue ahí.
Para ver si todavía siento ese pequeño tirón cuando leo ciertas frases.
Y siempre está.
No más fuerte.
No más débil.
Simplemente está.
Esperando.
Como si hubiera llegado antes que yo.
Tengo que mover el cuello.
No lo estoy moviendo.
Lo extraño es que ya no sé si estoy evitando moverlo.
O si llevo varios minutos esperando permiso para hacerlo.
Y eso es exactamente lo que no quería descubrir.
Hay una cosa que no suelo admitir.
Ni siquiera cuando escribo para mí.
Porque suena peor cuando aparece en una frase completa.
Durante mucho tiempo pensé que lo que me interesaba eran las prácticas.
Los detalles.
La técnica.
Los riesgos.
Las explicaciones.
Eso era lo que me decía.
Y quizá al principio era verdad.
Pero entonces empecé a notar algo raro.
Leía sobre una cosa concreta.
Cerraba la página.
Y unas horas después volvía.
No para aprender algo nuevo.
No para resolver una duda.
Volvía para comprobar una sensación.
Eso debería haberme hecho parar.
No lo hizo.
Recuerdo una noche especialmente absurda.
El ordenador seguía encendido.
La habitación estaba oscura.
Había polvo flotando delante de la pantalla.
Nada más.
Ni música.
Ni vídeos.
Ni nada.
Solo texto.
Y aun así no podía dejar de leer.
Lo extraño era que no me interesaba tanto lo que estaba ocurriendo en aquellas historias.
Me interesaba la estructura.
La relación.
La forma.
Esperar.
Recibir permiso.
Confiar.
Depender.
No era la falta de aire.
Era la idea de que algo tan automático pudiera dejar de pertenecerte durante un instante.
Y me avergüenza escribir eso.
Porque no encaja con la imagen que tengo de mí mismo.
Siempre me he considerado una persona que necesita controlar las cosas.
Planificarlas.
Entenderlas.
Anticiparlas.
Por eso me resultó tan incómodo descubrir que una parte de mí parecía fascinada por lo contrario.
No por el peligro.
Ni por la intensidad.
Sino por la delegación.
Eso fue lo que me hizo volver.
La delegación.
La posibilidad de no ser responsable durante unos segundos.
De no tener que decidir.
De no tener que sostener todo el peso.
Recuerdo cerrar una pestaña.
Abrir otra.
Cerrar esa también.
Levantarse a por agua habría sido más fácil.
Pero seguí allí.
Mirando la misma pantalla.
Volviendo a las mismas frases.
Como si estuviera intentando encontrar algo que ya había leído.
O algo que todavía no había leído nunca.
No sé cuál de las dos opciones me inquieta más.
A veces pensaba que la curiosidad desaparecería.
Que bastaría con entenderlo.
Pero ocurría lo contrario.
Cada explicación generaba una pregunta nueva.
Y la nueva pregunta no era sobre la práctica.
Era sobre mí.
¿Por qué me tranquiliza esta idea?
¿Por qué vuelvo?
¿Por qué sigo comprobándolo?
La taza seguía sobre la mesa.
Vacía.
La misma taza de siempre.
Recuerdo fijarme en una pequeña grieta junto al rodapié.
No sé por qué.
Solo la miré.
Y de repente tuve la sensación de que llevaba semanas intentando responder la pregunta equivocada.
No era:
«¿Por qué existe esto?»
Era:
«¿Por qué me cuesta tanto dejar de pensar en ello?»
La diferencia parecía mínima.
No lo era.
Porque la primera pregunta hablaba del mundo.
La segunda hablaba de mí.
Y no estaba seguro de querer escuchar la respuesta.
Tengo que mover el cuello.
No lo estoy moviendo.
Lo extraño es que la idea de moverlo parece haber llegado después.
Como muchas otras cosas.
El cuello no lo estoy moviendo…