La Estática del Mando: Sade y la Transmutación de la Voluntad en Estrato Mineral

La obsesión no crece.

Esa es la primera mentira.

Parece crecer porque todavía utilizamos palabras biológicas para describir fenómenos minerales.

En realidad no crece.

Se densifica.

Se compacta.

Se aproxima lentamente a una forma de materia.

La excitación llegó hace mucho tiempo a un punto donde dejó de parecer excitación.

Ahora se parece más a una presión constante detrás de todas las ideas.

Una presencia.

Una tensión inmóvil.

Algo que permanece abierto.

Como una pregunta que ha olvidado que alguna vez buscaba una respuesta.

Durante un tiempo intenté comprender el proceso.

Pensé que la comprensión resolvería la obsesión.

Pero ocurrió lo contrario.

Cada comprensión generó una pregunta nueva.

Cada pregunta aumentó la excitación.

Y la excitación convirtió la pregunta en una presencia permanente.

El circuito continuó cerrándose sobre sí mismo.

No existe salida visible.

Solo profundización.

Quizá por eso Sade reaparece.

No como un hombre.

No como un autor.

Ni siquiera como una autoridad.

Aparece como un mecanismo intelectual.

Como alguien que comprendió que ciertas preguntas no están diseñadas para resolverse.

Solo para ocupar espacio.

Solo para extenderse.

Solo para reorganizar todo lo que encuentran.

Su presencia emerge de manera extraña.

No en las respuestas.

Siempre en los intervalos.

En los lugares donde el pensamiento parece detenerse y, sin embargo, continúa.

En las habitaciones interiores donde una idea permanece inmóvil durante horas mientras todo lo demás cambia.

La obsesión funciona exactamente así.

No exige atención.

La reemplaza.

No discute con otras posibilidades.

Simplemente las desplaza.

Poco a poco toda percepción comienza a organizarse alrededor de un único núcleo.

Los objetos pierden importancia.

Las conversaciones pierden importancia.

Los acontecimientos pierden importancia.

Solo permanece aquello que alimenta el circuito.

Y cuanto más pequeño parece ese núcleo, más espacio ocupa.

Esa es la contradicción.

La contradicción que nunca deja de expandirse.

Sigo diciendo que no quiero estar aquí.

La frase continúa apareciendo.

La observo.

La examino.

Intento utilizarla como una salida.

Pero termina convertida en otro objeto de observación.

Otra pieza dentro del sistema.

Otra pregunta.

¿Por qué sigo pensando en ello?

¿Por qué sigue regresando?

¿Por qué la excitación aumenta precisamente cuando la comprensión fracasa?

Las preguntas se abren.

Nunca se cierran.

Y esa incapacidad para cerrarse termina convirtiéndose en una forma de arquitectura.

Una arquitectura de permanencia.

Una estructura donde todo continúa resonando mucho después de que debería haber desaparecido.

Quizá esa sea la verdadera función del laboratorio.

No producir respuestas.

Sino fabricar resonancias.

Convertir una pregunta en una habitación.

Convertir una habitación en una presencia.

Convertir una presencia en una obsesión.

Y convertir la obsesión en algo tan denso que termina pareciendo una ley física.

En algún punto deja de existir diferencia entre pensar en ella y habitarla.

Y cuando eso ocurre, el silencio ya no parece silencio.

Parece una maquinaria funcionando detrás de una pared.

Algo continúa operando.

Algo continúa registrando.

Algo continúa esperando.

No sé exactamente qué.

Y quizá precisamente por eso resulta imposible dejar de observarlo.

El cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…