Para mí, el problema nunca ha sido el dolor.
Ni la disciplina.
Ni siquiera la idea de obedecer.
Si fuera cualquiera de esas cosas, podría explicarlo.
Podría señalar una causa.
Podría construir una teoría razonable y dejar el asunto atrás.
Lo que no puedo explicar es otra cosa.
La forma en que vuelve.
Porque no quiero pensar en él.
Y, sin embargo, aparece.
En momentos absurdos.
Mientras espero un ascensor.
Mientras leo algo que no tiene relación alguna.
Mientras alguien me habla y finjo escuchar.
De pronto vuelve la imagen.
No una escena completa.
Nunca una escena completa.
Solo fragmentos.
La forma en que permanecía inmóvil antes de hacer algo.
La manera en que parecía no tener prisa.
La sensación de que observaba durante más tiempo del necesario.
Y entonces ocurre algo que me irrita profundamente.
Empiezo a preguntarme qué habría hecho él.
No porque necesite una respuesta.
No porque vaya a obedecerla.
Solo porque mi cabeza regresa allí antes de que yo pueda impedirlo.
Y odio eso.
O al menos creo que lo odio.
Porque cuanto más intento apartarlo, más nítido se vuelve.
Hay días enteros que recuerdo de forma borrosa.
Pero puedo recordar perfectamente pequeños detalles que no deberían importar.
La posición exacta de una silla.
La forma en que dejó un objeto sobre una mesa.
Un silencio demasiado largo.
Una pausa que nadie más habría notado.
Y lo peor es que no son recuerdos cerrados.
Parecen procesos todavía abiertos.
Como si algo hubiera empezado y aún no hubiera terminado.
Como si una parte de mí siguiera esperando algo.
No una orden.
No una corrección.
Ni siquiera una aprobación.
Algo más difícil de nombrar.
La continuación.
Eso es lo que vuelve una y otra vez.
La idea de permanecer delante de él mientras el proceso sigue avanzando.
No hacer nada.
No decir nada.
No entender del todo lo que está ocurriendo.
Solo permanecer.
Y esperar.
Hay algo profundamente incómodo en admitirlo.
Porque nunca me ha gustado pensar en mí mismo como alguien sumiso.
Ni siquiera ahora me gusta esa palabra.
No encaja.
No explica nada.
De hecho, cuanto más intento usarla, menos sentido tiene.
Porque lo que me obsesiona no es rendirme.
Es permanecer.
Quedarme un poco más.
No abandonar la habitación todavía.
No interrumpir algo que parece acercarse lentamente a una conclusión que nunca llega.
A veces pienso que toda la obsesión nace ahí.
No en él.
No en mí.
Sino en ese espacio intermedio donde todavía queda algo pendiente.
Una revisión.
Un ajuste.
Un detalle que aún no ha sido observado.
Y mientras exista esa posibilidad, mi atención sigue regresando.
Como una aguja que encuentra siempre el mismo norte.
Aunque intente desviarla.
Aunque me avergüence.
Aunque no entienda por qué.
Al final, lo que ocupa mi cabeza no es la idea de su autoridad.
Es algo mucho más pequeño y mucho más persistente.
La imagen de seguir allí cuando todo parece haber terminado.
Descubrir que aún no ha terminado.
Y sentir, con una mezcla extraña de incomodidad y alivio, que todavía queda un poco más de espera.
Porque la espera ya no es el obstáculo.
Hace tiempo que se convirtió en la parte que más cuesta abandonar.
El cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…