No recuerdo cuándo empecé a fijarme en la cintura.
No en los cuerpos.
En la cintura.
En la forma en que una postura parece cambiar antes de moverse.
Es una tontería.
O al menos intento decirme eso.
Pero sigo volviendo.
Una imagen.
Una ilustración.
Una descripción perdida en un libro.
La cierro.
Y unos minutos después ya estoy comprobando si la recuerdo correctamente.
En la literatura del Marqués de Sade, el corsé y la faja rara vez funcionan únicamente como prendas de compresión. Su efecto más extraño no es físico. Es temporal. Introducen una duda entre el cuerpo y la postura. Hacen que cada movimiento parezca haber comenzado unos segundos antes de ser consciente.
Quizá por eso sigo regresando.
No por la prenda.
No por el ajuste.
Sino por esa sensación difícil de explicar.
La sospecha de que el cuerpo ya estaba obedeciendo una forma antes de decidir adoptarla.
Los hombros parecen colocarse solos.
La espalda parece recordar algo.
La respiración encuentra un recorrido distinto.
Nada espectacular.
Nada que justificaría tanta atención.
Y sin embargo vuelvo.
A comprobar.
A verificar.
A revisar una imagen que ya había visto.
Como si hubiera un detalle que sigo pasando por alto.
En el universo sadiano, el corsé no siempre modifica el cuerpo.
A veces modifica la relación con él.
Transforma la postura en un registro permanente.
En una pregunta.
En una comprobación que nunca termina de resolverse.
¿Estoy manteniendo esta posición?
¿O simplemente llegué tarde a darme cuenta de que ya la estaba manteniendo?
Esa diferencia parece pequeña.
Pero es suficiente para regresar.
Miro mi postura.
La corrijo un poco.
O creo corregirla.
Un momento después vuelvo a comprobar.
Y lo que me inquieta ya no es la postura.
Es lo familiar que se ha vuelto el acto de volver.
No era el corsé.
Eso pensé durante semanas.
Que era una imagen extraña.
Nada más.
Una de tantas cosas que aparecían cuando seguía un enlace, luego otro, luego otro más.
Al principio ni siquiera me parecía atractivo.
Me parecía exagerado.
Innecesario.
Demasiado rígido.
Demasiado serio.
Demasiado teatral.
Y sin embargo seguía apareciendo.
Lo veía una vez.
Después otra.
Después empezaba a reconocerlo antes de que apareciera.
Las hebillas.
Los cordones.
La forma imposible de la cintura.
La postura.
Siempre la postura.
La taza de café estaba junto al teclado.
La levanté.
Ya estaba fría.
No recordaba cuándo había empezado a leer.
Solo sabía que seguía haciéndolo.
Abría artículos.
Después diarios personales.
Después foros.
Después entrevistas.
Gente describiendo algo que yo todavía no terminaba de entender.
Algunos hablaban de control.
Otros hablaban de disciplina.
Otros utilizaban palabras mucho más simples.
Calma.
Entrega.
Silencio.
Esa última palabra aparecía demasiado.
Silencio.
No entendía qué tenía que ver un corsé con el silencio.
Y quizá por eso seguí leyendo.
Porque había algo que no encajaba.
Algo que parecía importante.
Algo que todos parecían entender menos yo.
No era excitación.
Eso me repetía.
Era curiosidad.
Quería comprender.
Solo comprender.
Pero la explicación nunca terminaba de llegar.
Cada respuesta abría otra pregunta.
Cada texto parecía señalar algo que permanecía fuera de mi alcance.
Entonces empecé a notar algo.
No pensaba en el corsé cuando estaba leyendo.
Pensaba en él después.
Cuando cerraba la pantalla.
Cuando salía a caminar.
Cuando intentaba concentrarme en otra cosa.
Volvía.
Sin invitación.
Sin motivo aparente.
Como una canción que se niega a abandonar la cabeza.
¿Por qué precisamente eso?
No tenía respuesta.
Y cuanto menos entendía la respuesta, más regresaba la pregunta.
La luz del monitor era la única iluminación de la habitación.
Todo lo demás estaba oscuro.
Miré la hora.
Había pasado más tiempo del que pensaba.
Mucho más.
Pensé en cerrar la pestaña.
Lo hice.
Cinco minutos después la abrí otra vez.
Eso fue lo que empezó a inquietarme.
No el objeto.
La repetición.
La facilidad con la que encontraba excusas para volver.
Solo un artículo más.
Solo una fotografía más.
Solo una explicación más.
Siempre una más.
Tengo que mover el cuello.
No lo estoy moviendo.
La idea aparece.
El movimiento no.
Me doy cuenta de que llevo varios minutos exactamente igual.
Leyendo.
Mirando.
Volviendo.
Empiezo a sospechar que quizá nunca me interesó realmente el corsé.
Quizá me interesaba la sensación que aparecía cuando lo observaba.
La sensación de que existía algo que todavía no comprendía.
Algo que me atraía precisamente porque no lograba explicarlo.
Y cuanto más intentaba explicarlo, más espacio ocupaba.
No era una respuesta.
Era una presencia.
Pequeña al principio.
Persistente después.
Ahora ya instalada en algún lugar de mi cabeza.
La taza sigue sobre la mesa.
El café sigue frío.
La habitación sigue siendo la misma.
Pero algo ha cambiado.
No sé exactamente qué.
Y quizá eso es lo que me obliga a volver mañana.
No para encontrar una respuesta.
Sino para descubrir por qué sigo buscándola.
Tengo que mover el cuello…