Lo que más extraño no es el proceso.
Ni siquiera es el momento en que la mano del Amo corrige una postura.
No es el ajuste.
No es la espera previa.
Ni tampoco el dolor.
Lo que extraño es lo que ocurre después.
Ese instante extraño donde ya no queda nada por hacer.
Todo ha terminado.
Todo ha sido corregido.
Todo ha sido colocado exactamente donde debía estar.
Y entonces solo queda permanecer.
A veces pienso que mi obsesión nació allí.
No durante el proceso.
No durante las instrucciones.
Sino después.
Cuando ya estaba ajustado.
Cuando el Amo ya había terminado.
Cuando mi única tarea era existir exactamente de la forma que él había decidido.
No tenía que pensar.
No tenía que interpretar.
No tenía que mejorar nada.
No tenía que demostrar nada.
Solo permanecer.
Y cuanto más tiempo pasa, más imposible me resulta explicar por qué aquello me afecta tanto.
Porque no tiene sentido.
No debería tener sentido.
Sin embargo sigo recordándolo.
Recuerdo la sensación de que el tiempo se volvía diferente.
Más lento.
Más pesado.
Más definido.
Recuerdo la respiración del Amo.
No las palabras.
No las órdenes.
La respiración.
Porque una vez terminado todo, la respiración parecía convertirse en la única medida real del tiempo.
Inspirar.
Espirar.
Inspirar.
Espirar.
Y yo permanecía allí.
Sin moverme.
Escuchándola.
Como si todo el laboratorio respirara al mismo ritmo.
Como si las paredes respiraran.
Como si la cal respirara.
Como si aquella tercera línea respirara.
La línea separada.
La que estaba sola.
La que todavía recuerdo con una claridad absurda.
A veces pienso en ella mientras estoy trabajando.
Aparece de repente.
Nítida.
Perfecta.
Más definida que muchas cosas que tengo delante.
Y entonces siento esa tristeza.
La misma tristeza.
No una tristeza dramática.
No una tristeza aguda.
Algo más lento.
Más pesado.
Como una niebla.
Porque sé que ahora no estoy allí.
Sé que estoy en otro lugar.
Sé que estoy viviendo mi vida.
Hablando.
Caminando.
Tomando decisiones.
Haciendo planes.
Y sin embargo una parte de mí continúa esperando.
Todavía ajustada.
Todavía inmóvil.
Todavía escuchando aquella respiración.
Todavía mirando una puerta cerrada.
Todavía habitando un instante que terminó hace mucho tiempo.
Y cuanto más intento alejarme de ello, más evidente se vuelve algo que no quiero admitir.
Quizá no extraño el laboratorio.
Quizá no extraño el proceso.
Quizá ni siquiera extraño al Amo.
Quizá extraño la desaparición de todo lo demás.
Porque durante aquellos momentos el mundo entero parecía reducirse a una sola verdad.
Permanecer.
Y nada fuera de aquella habitación ha conseguido sentirse tan simple desde entonces.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…