El roce de un libro de tapa dura sobre la mesa de madera barata hace un ruido seco, casi clínico. No es una biblioteca, es una cita de Tinder en un café con ínfulas industriales. Él cita a Byung-Chul Han con una fluidez que roza lo obsceno, mientras ella observa cómo el vello de su propio brazo se eriza ante el manejo sintáctico de la angustia contemporánea. El café está frío otra vez y deja ese círculo oscuro y pegajoso sobre el barniz. No importa. En la era de la imagen pornográfica ubicua, la verdadera erección ya no ocurre en la retina, sino en el córtex prefrontal. Hemos convertido el discurso filosófico en el preludio definitivo, una zona erógena donde el concepto penetra más que el tacto.
Sade habría disfrutado de este giro semántico. Él, que utilizaba la verborrea filosófica para justificar el libertinaje, se asombraría al ver que hoy el discurso es el libertinaje. Ya no necesitamos desnudarnos para exponer nuestra vulnerabilidad; basta con soltar una tesis sobre la muerte del sujeto y esperar a que el otro tiemble. La inteligencia no es un valor ético. Es una droga de diseño barata que usamos para sentirnos superiores mientras el mundo se cae a pedazos.
Ni siquiera sabe si entiende lo que dice. Pero lo dice.
La burocracia del ingenio: El algoritmo del deseo cerebral
Resulta casi tierno observar cómo hemos sustituido el gimnasio por el club de lectura, buscando la misma validación muscular. El aire en estos locales huele a incienso y a ansiedad por parecer profundo. Notamos que algo se contrae en la médula colectiva cuando una frase bien construida genera más calor que un contacto físico. No es amor a la sabiduría. Es el fetiche de la complejidad en un mundo que se ha vuelto dolorosamente plano.
El sistema no vende conocimiento. Vende la superioridad estética de poseerlo.
Nada más.
Y lo consigue. Una vez que el sujeto acepta que el léxico es una forma de dominación, el coqueteo se vuelve una partida de ajedrez donde el perdedor es el primero en usar un lenguaje sencillo. La mecánica de este erotismo intelectual es de una precisión gélida: nos permite desear al otro sin tener que lidiar con la torpeza de su cuerpo. Tal vez no sea una evolución. O tal vez siempre fuimos seres aterrados por la piel que buscaron refugio en el diccionario. No es grave. Pero tampoco es inocente.
Y el problema es este: el pensamiento no tiene tacto
El mando a distancia está tibio en la mano cuando llegas a casa, agotado de fingir que te interesa la fenomenología del espíritu más que una pizza fría. Miramos las estanterías llenas de nombres impronunciables con una satisfacción que roza lo patológico. Sade comprendía que la razón es el instrumento más cruel de la naturaleza; la mente no tiene piedad cuando decide diseccionar el deseo. Sin embargo, hemos intentado convertir esa crueldad en un juego de salón. La libertad intelectual quema. Literalmente cansa y nadie lo admite.
¿Quién tiene el valor de ser un idiota feliz hoy? La madurez en esta era de la «sapiosexualidad» —ese término que suena a diagnóstico médico para gente que solo quiere follar con gente que use subordinadas— consiste en aceptar que estamos usando las ideas como escudos. Nos han convencido de que entender el mundo nos hace más atractivos, pero el cerebro, por muy brillante que sea, no puede dar calor en una noche de invierno. Al final, el fetiche de la inteligencia no es una liberación, es solo una forma más sofisticada de no aburrirse con la propia carne.
Inventario de un deseo abstracto
Exploramos un mapa donde el orgasmo es una conclusión lógica y la caricia una nota al pie de página. El fetiche del discurso nos ha entregado un catálogo de conceptos envueltos en branding académico para que la seducción parezca una tesis doctoral. Somos sujetos que buscan en la cita de autor una confirmación de su propia potencia, olvidando que la verdad no se encuentra en el papel, sino en el tremor que la palabra provoca antes de ser silenciada.
Tal vez no sea atracción por la mente.
Tal vez solo sea miedo a que el cuerpo no sea suficiente.
Y mañana volveremos a esa cafetería. Buscaremos a alguien que hable de la deconstrucción mientras el café se enfría y el círculo oscuro en la mesa se vuelve permanente. Como si no supiéramos que, al final del día, el único discurso que importa es el que se calla cuando la luz se apaga. Al final, el lenguaje es la lencería más cara que hemos inventado. Y la más difícil de quitar.