No sé si debería estar escribiendo esto.
Lo empecé como curiosidad.
Creo.
No estoy seguro de cuándo dejó de ser curiosidad.
Hoy abrí la pestaña otra vez.
No porque quisiera.
O sí.
No sé.
La había cerrado.
Estoy bastante seguro de eso.
Y aun así estaba abierta.
Eso es lo que no encaja.
No la pestaña.
Yo.
La taza está en la mesa.
No la recuerdo ahí.
Pero tampoco recuerdo haberla movido.
La toqué.
Fría.
Y me dio una sensación rara.
No de frío.
De confirmación.
Como si la taza estuviera esperando a que yo dudara.
Escribí eso y lo borré.
Luego lo volví a escribir.
No debería estar haciendo esto.
Hay algo que noto justo después de notarlo.
Y ahora empiezo a odiar esa frase.
Porque ya la he pensado antes de escribirla.
El cuello aparece otra vez.
No como imagen.
Como algo que reviso sin querer.
Me molesta escribir eso.
Me da vergüenza.
Pero no sé por qué sigo escribiéndolo.
Empiezo a sospechar algo simple.
No es el texto el que me está afectando.
Es que ya estoy dentro de la forma en la que lo voy a entender antes de leerlo.
Borro una frase.
La vuelvo a escribir peor.
La pestaña sigue abierta.
O la abrí otra vez sin darme cuenta.
No sé cuál es la opción correcta.
Y eso es nuevo.
Antes intentaba entenderlo.
Ahora intento ver en qué momento dejé de poder no intentarlo.
Antes de poder pensar:
“esto es extraño”
ya estoy dentro de la extrañeza.
Antes de poder parar…
ya estoy comprobando si puedo parar.
Y lo peor es esto:
No sé si escribirlo es una forma de salir.
O la forma en la que ya estoy más dentro.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo debería…