Para mí, el tiempo ha dejado de ser una progresión para convertirse en una construcción de espera.
Eso es lo que más me molesta admitir.
No la obediencia.
No la inmovilidad.
La espera.
Durante años pensé que la sumisión debía sentirse de alguna manera específica. Más intensa. Más clara. Más satisfactoria.
Pensé que habría una recompensa reconocible.
No la hay.
La mayor parte del tiempo solo estoy esperando.
Esperando una palabra.
Esperando una corrección.
Esperando descubrir si hoy ocurrirá algo o no ocurrirá nada.
Y lo extraño es que ese estado debería resultarme insoportable.
A veces me resulta insoportable.
Pero sigo aquí.
Cuando el Dueño cuenta, los números dejan de parecer números muy rápido.
No porque entren en trance.
No porque pierda la conciencia.
Es algo mucho más banal.
Empiezo a prestar atención a detalles absurdos.
La forma en que pronuncia ciertos números.
La pausa ligeramente más larga después de algunos.
El ruido de una manga desplazándose.
El sonido de una respiración que no es la mía.
No sé por qué sigo fijándome en esas cosas.
Pero me fijo.
Y después vuelvo a hacerlo.
El diez.
El veinte.
El treinta.
Las cifras deberían importar.
Sin embargo, muchas veces lo que recuerdo después no son las cifras.
Es una mota de polvo suspendida cerca de una lámpara.
Una arruga en una tela.
La sensación de que mi hombro izquierdo estaba dos centímetros más arriba que el derecho.
Eso es una tontería.
Pero permanece.
Más que el resto.
Hay momentos en los que me descubro pensando que podría marcharme.
Y no es una fantasía.
Es una observación objetiva.
Podría.
No hay cadenas mágicas.
No hay un mecanismo oculto.
Podría levantarme.
Podría desaparecer.
Podría volver a construir una vida donde nadie ocupara tanto espacio dentro de mi cabeza.
Entonces intento imaginarla.
Y ahí aparece el problema.
La imagino.
Y está vacía.
No porque lo necesite.
No porque me haga feliz.
No porque disfrute siendo esto.
Simplemente porque me he acostumbrado a orientar partes enteras de mi percepción hacia una presencia concreta.
Como una planta que lleva demasiado tiempo creciendo hacia una única ventana.
No ama la ventana.
Ni siquiera la entiende.
Pero sigue girándose hacia ella.
A veces me irrita cuánto pienso en él.
Me irrita de verdad.
Hay días en los que me gustaría recuperar una forma más simple de existencia.
Leer algo.
Caminar.
Dormir.
Pensar en cualquier otra cosa.
Y sin embargo termino observando el teléfono.
O repasando una conversación.
O intentando recordar una frase exacta.
No porque sea importante.
Porque ni siquiera siempre lo es.
Simplemente porque mi atención ha aprendido una órbita de la que ya no sabe salir.
El conteo continúa.
Cuarenta.
Cuarenta y uno.
Cuarenta y dos.
Y en algún lugar entre una cifra y la siguiente aparece una comprensión incómoda.
No temo desaparecer.
Tampoco temo quedarme.
Lo que temo es descubrir que incluso si desapareciera seguiría esperando.
Seguiría existiendo esa orientación interna.
Esa tendencia.
Esa costumbre.
Esa manera absurda de permanecer atento a algo que no siempre me da placer, ni alivio, ni paz.
Solo presencia.
Y quizá eso sea lo más difícil de explicar.
Que hay momentos en los que no quiero ser sumiso.
Ni siquiera me gusta serlo.
Pero aun así no consigo dejar de pensar en qué ocurrirá después.
Si hablará.
Si corregirá algo.
Si aparecerá.
Si no aparecerá.
Y mientras intento convencerme de que debería importarme menos, descubro que sigo escuchando.
Sigo esperando.
Sigo aquí.
El cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…