El Sedimento de la Obediencia: Mi Pulso como Archivo del Mando

Hay mañanas en las que me despierto completamente convencido de que esto ha terminado.

Ni siquiera es una lucha.

Simplemente parece evidente.

Abro los ojos y durante unos segundos todo resulta ridículamente claro.

No quiero ser sumiso.

Nunca me ha gustado la idea.

Nunca me ha parecido una identidad deseable.

Nunca he mirado a alguien y he pensado: quiero convertirme en eso.

De hecho, durante años me ocurrió exactamente lo contrario.

La palabra me producía distancia.

Extrañeza.

Incluso rechazo.

Y sin embargo aquí estoy.

No porque haya cambiado de opinión.

Eso sería fácil de explicar.

Lo difícil es que sigo pensando exactamente igual.

Todavía hay una parte de mí que no quiere nada de esto.

Pero cada vez dura menos.

Ese es el problema.

Antes podía pasar horas razonando.

Ahora apenas pasan minutos.

A veces segundos.

Porque siempre ocurre algo.

Un recuerdo.

Una sensación.

La imagen de un instante concreto.

No el principio.

No el final.

Solo un momento.

Un momento en el que todo estaba ajustado.

Un momento en el que ya no había nada más que hacer.

Y mi mente vuelve allí.

Siempre vuelve allí.

Estoy trabajando.

Vuelve allí.

Estoy conduciendo.

Vuelve allí.

Estoy hablando con alguien.

Y de repente una parte de mí ya no está presente.

Ha regresado.

No al encuentro.

No a la fantasía.

Al proceso.

A la espera.

A ese lugar extraño donde ya no parecía necesario decidir nada.

Y eso me preocupa más de lo que debería.

Porque cuanto menos lo entiendo, más espacio ocupa.

Si pudiera explicarlo quizá desaparecería.

Si pudiera señalar una causa quizá podría resolverlo.

Pero no puedo.

Lo observo crecer sin comprender su mecanismo.

Cada semana me prometo que dejaré de pensar en ello.

Cada semana descubro que estoy pensando más.

No porque quiera.

Porque ocurre.

La contradicción termina convirtiéndose en una obsesión propia.

Ya no pienso solamente en el Amo.

Pienso en por qué pienso en él.

Pienso en por qué la idea de permanecer delante de su proceso hasta el final parece más importante que cosas que deberían importar mucho más.

Pienso en por qué mi mente sigue regresando al mismo lugar incluso después de haber decidido abandonarlo.

Y cuanto más lo analizo, más difícil resulta escapar.

Hay días en los que la tristeza aparece precisamente ahí.

No por lo que deseo.

Sino porque no entiendo por qué lo deseo.

Porque una parte de mí sigue convencida de que esto debería haber desaparecido hace tiempo.

Y sin embargo sigue aquí.

Esperando.

Como si supiera algo que yo todavía no sé.

Como si hubiera encontrado una respuesta antes que yo.

Y se negara a revelarla.

Hasta que vuelva otra vez.

Hasta que regrese al mismo recuerdo.

Hasta que vuelva a imaginarme delante del Amo.

Quieto.

Presente.

Esperando.

No porque me guste.

No porque lo haya elegido.

Sino porque algo dentro de mí continúa creyendo que la explicación se encuentra exactamente allí.

El cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…