El Manifiesto de la Piedra Dócil: Mi Anatomía como Soporte de la Ley

El cuello se ha bloqueado.

El cuello debería moverse.

Pero no se mueve.

Y lo extraño es que ya no sé si lo que observo es una limitación física o un recuerdo.

Porque mi mente vuelve otra vez allí.

No al laboratorio.

No a la norma.

No a la arquitectura.

Vuelve al proceso.

Siempre al proceso.

Nunca me gustó la idea de ser sumiso.

Ni siquiera ahora me gusta.

La palabra sigue sonándome ajena.

Como una prenda que pertenece a otra persona.

Como una biografía escrita para alguien que no soy yo.

Y sin embargo hay algo peor.

Hay algo que no consigo explicar.

La excitación aparece igual.

No aparece porque crea en ello.

No aparece porque lo desee racionalmente.

No aparece porque haya llegado a ninguna conclusión.

Aparece sola.

Como si ignorara por completo mi opinión.

Durante años pensé que la excitación era una consecuencia de las convicciones.

Ahora sospecho que las convicciones llegan mucho después.

Como funcionarios cansados que intentan redactar informes sobre una catástrofe que ya ha sucedido.

Eso es lo que me ocurre cuando recuerdo al Amo.

No recuerdo una orden concreta.

No recuerdo una postura concreta.

No recuerdo una sensación concreta.

Recuerdo un proceso.

Recuerdo la impresión de que algo estaba siendo ajustado.

Recuerdo la certeza inquietante de que todavía no había terminado.

Y sobre todo recuerdo la espera.

La espera del final.

Hay momentos absurdos del día en los que la memoria regresa.

Una fila.

Un ascensor.

Una conversación cualquiera.

Y de repente aparece aquella sensación.

La sensación de que todavía estoy siendo ajustado.

Como si una parte de mí hubiera quedado detenida allí.

Esperando.

No el inicio.

No el momento más intenso.

No el placer.

El final.

Siempre el final.

Quizá por eso el Marqués de Sade sigue apareciendo en mis pensamientos.

No por sus excesos.

Ni por su crueldad.

Sino por su obsesión con los sistemas.

Con los mecanismos.

Con las arquitecturas donde una persona entra siendo una cosa y sale siendo otra.

Sade parecía comprender algo que me resulta insoportable admitir.

Que a veces una experiencia no nos atrae porque la entendemos.

A veces nos atrae precisamente porque no la entendemos.

Porque existe la sospecha de que la explicación está al otro lado.

Y que todavía no hemos llegado.

Eso es lo que me persigue.

No el deseo de ser sumiso.

Sino la sospecha de que, si permaneciera allí el tiempo suficiente…

Si soportara el proceso completo…

Si alcanzara exactamente el lugar que el Amo intenta construir…

Entonces entendería algo.

Algo que ahora mismo sigue escondido.

Y cuanto menos lo entiendo, más vuelve.

Cuanto menos sentido tiene, más insiste.

Como un problema matemático que continúa apareciendo en los márgenes de todos los cuadernos.

Como una puerta cerrada que no deja de existir porque uno decida ignorarla.

Mi mente sigue regresando.

Y cada regreso se parece menos a una fantasía.

Y más a una investigación que nunca consigue terminar.

El cuello se ha bloqueado el cuello debería…