Si creías que el debate sobre si el porno es arte o basura nació con Twitter, es que no has visitado el despacho de un filósofo en los últimos dos siglos. El Marqués de Sade no era un simple depravado con demasiado tiempo libre; era un agitador que usaba el esperma como tinta para preguntar algo incómodo: ¿hasta dónde llega tu soberanía si no eres dueño de tus instintos? Hoy, esa pregunta es el ruido de fondo de cada servidor en Silicon Valley. Y ya está. No hay más misterio.
La mirada se cansa de la moralina de catálogo. Sade planteó que el sexo es la única verdad que queda cuando quitas el decorado de la civilización. En el porno actual, esto se traduce en una guerra de trincheras: por un lado, quienes ven en la imagen explícita la cumbre de la libertad individual y, por otro, quienes sospechan que hemos construido una cárcel de píxeles más rígida que la Bastilla. Es un bucle. Un baile entre la liberación y el control que nunca termina de encajar.
El pupitre del libertino: ¿Placer o pedagogía?
Observamos cómo la filosofía del tocador se ha mudado a los hilos de Reddit. Ya no discutimos solo si algo «gusta», sino si es «ético». Es gracioso. Sade se habría reído de nuestras etiquetas de «consentimiento entusiasta» mientras señalaba que la naturaleza no entiende de contratos firmados. Registramos esta tensión en cada debate sobre el porno feminista o el gonzo extremo. Intentamos domesticar el deseo con categorías morales, pero el deseo siempre tiene un colmillo fuera.
¿Quién teme admitir que el sexo es, por definición, un acto de poder? Notamos ese tremor en la voz de los expertos cuando intentan separar el erotismo «elevado» de la crudeza del clic rápido. Para Sade, esa distinción es una mentira burguesa. La red le ha dado la razón: al final del día, la mayoría busca la verdad sin adornos, esa que te hace sudar y olvidar quién eres durante diez segundos. Y punto. La coherencia es para los que no tienen pulso.
La ética de la piel en la era del streaming
No hay vuelta atrás. Hemos pasado de leer a Sade a escondidas a vivir en su utopía —o distopía— de acceso total. Notamos que los debates actuales sobre la «objetivación» son solo un eco de las diatribas del Marqués contra la propiedad privada del cuerpo. Si el cuerpo no es de nadie, entonces es de todos para ser usado. Es una lógica brutal, casi matemática. Casi como un algoritmo que decide qué es lo próximo que va a excitarte antes de que tú mismo lo sepas.
La madurez visual no es otra cosa que aceptar que el porno es el espejo más honesto de nuestra moralidad. O de la falta de ella. Notamos cómo las plataformas intentan limpiar su imagen con puritanismo corporativo mientras el motor de búsqueda sigue escupiendo lo prohibido. Es una contradicción deliciosa. El sistema nos educa en el miedo, pero el cuerpo, ese traidor, siempre vota por el exceso. A veces parece que el único que no mentía era el tipo que murió en un manicomio.
El juicio final del deseo
Exploramos un mapa donde la moral es una frontera móvil. Sade nos enseñó que la única ética real es la que se experimenta, no la que se predica desde un púlpito o una oficina de ética de contenidos. La visión libre quema, por supuesto, pero es preferible al frío de la censura que nos quiere hacer creer que somos ángeles con conexión a Wi-Fi. Al final, somos carne que piensa, y a veces piensa cosas que no debería.
Esperamos que el siguiente debate nos aclare algo, aunque en el fondo sabemos que no habrá respuesta. El cuerpo se expone y la filosofía intenta ponerle un traje que siempre le queda pequeño. Sade escribió el prólogo y nosotros estamos atrapados en el nudo de la historia. La función sigue, con o sin permiso de la censura.