Hoy he dejado algo metálico sobre la mesa.
No era importante.
Creo.
He vuelto más tarde y ya no estaba exactamente en el mismo lugar.
No lo han movido.
Es peor.
Está casi en el mismo sitio.
He intentado recordar si lo he tocado.
No hay una respuesta clara.
Solo una sensación rara de haberlo “confirmado” sin hacerlo.
He cerrado el cajón donde lo guardo normalmente.
Luego he tenido que volver a abrirlo.
No porque lo necesitara.
Sino para comprobar si la forma de abrirlo era la misma.
No lo era.
O no igual.
He empezado a evitar ciertos movimientos pequeños.
Cerrar demasiado rápido.
Apoyar la mano sin pensar.
No sé cuándo empecé a hacerlo.
Solo he notado que ya estaba ocurriendo.
He escrito una frase para probar algo.
“si lo dejas quieto, aprende la forma de no estarlo”
La he leído.
No me ha parecido mía.
La he vuelto a leer.
Me ha dado la impresión de que la había entendido antes de leerla.
He dejado el bolígrafo en una posición concreta.
Luego he salido de la habitación.
Cuando he vuelto, estaba igual.
Eso debería tranquilizarme.
No lo hace.
He intentado repetir exactamente el gesto.
No he podido.
Siempre hay una diferencia mínima.
No sé si la diferencia está en el objeto o en mí.
He notado algo nuevo con el metal.
No el objeto.
El momento de mirarlo.
Es como si tardara un poco más en “responder”.
No es movimiento.
Es retraso en el reconocimiento.
He decidido no comprobarlo otra vez.
Esto ha sido una decisión.
Creo.
He sentido la necesidad de mover el cuello.
No por tensión.
Por comprobar si sigue ocurriendo cuando no lo pienso.
No ha ocurrido.
Pero la sensación ha quedado un segundo más de lo habitual.
“Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo debería…”
Ha aparecido mientras cerraba la puerta.
No como frase.
Como continuidad del gesto.
Como si no terminara cuando yo termino.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo debería…