La Estética del Impacto: El Goce del Sumiso y la Transducción del Dolor en el Sistema Sadeano

Encontré la fotografía dentro de una carpeta que no recordaba haber creado.

No era la primera vez que veía la habitación de cal.

Eso creía.

Lo extraño fue otra cosa.

La fotografía parecía haber sido tomada desde donde yo estaba sentado.

La misma pared.

Las mismas grietas.

La misma mesa.

Incluso la taza.

Vacía.

Inmóvil.

La observé durante varios segundos antes de notar el detalle.

Sobre la mesa había una nota.

Amplié la imagen.

No conseguí leerla.

La resolución era demasiado baja.

Busqué otras fotografías.

Había doce.

La habitación aparecía siempre igual.

Las grietas no cambiaban.

La taza tampoco.

Solo variaba algo.

La posición de una correa de cuero.

En la primera imagen estaba sobre la silla.

En la segunda colgaba del respaldo.

En la tercera descansaba sobre el suelo.

Seguí avanzando.

No entendía por qué.

La sensación era familiar.

Como si ya hubiera realizado exactamente la misma secuencia.

Como si estuviera recordando una comprobación en lugar de hacerla.

En la séptima fotografía encontré la nota otra vez.

Esta vez podía leerse.

Solo tenía una línea.

«No abras la última imagen.»

Me quedé mirando la pantalla.

Después abrí la última imagen.

La habitación estaba vacía.

La silla.

La mesa.

La taza.

Nada más.

Durante unos segundos pensé que la advertencia era una broma.

Entonces vi la fecha.

La fotografía había sido tomada tres semanas después que la carpeta.

Volví a comprobarlo.

Después otra vez.

No mejoró.

La última imagen era anterior.

Y posterior.

Dependiendo de qué archivo utilizara como referencia.

Abrí las propiedades.

Copié fechas.

Anoté horas.

Terminé con una página llena de números que no conseguían ordenarse.

Mientras intentaba reconstruir la secuencia encontré otro archivo.

No era una fotografía.

Era una captura de pantalla.

Mostraba la misma carpeta abierta.

La misma que estaba viendo.

La captura tenía nueve meses.

Reconocí mi escritorio.

Reconocí mis iconos.

Reconocí la ventana.

Lo que no reconocí fue el documento abierto junto a ella.

Un documento que no existía.

Amplié la imagen.

Solo aparecía una frase.

«La nota no estaba aquí la primera vez.»

Sentí algo parecido al alivio.

Por fin había una respuesta.

La letra era mía.

No había dudas.

Reconocía la inclinación.

La presión.

Incluso un error ortográfico que suelo cometer.

Había sido yo.

Yo había escrito aquello.

El problema apareció unos segundos después.

No recordaba haberlo leído.

Encontré una segunda captura.

La misma frase.

La misma carpeta.

La misma habitación.

Pero la nota era distinta.

«Nunca encontraste la primera.»

Cerré la imagen.

La abrí otra vez.

Después otra.

No conseguí decidir cuál de las dos había aparecido antes.

La contradicción permanecía inmóvil.

Como si estuviera esperándome.

Miré la taza.

La taza real.

La de mi mesa.

Por primera vez advertí que estaba colocada exactamente igual que en las fotografías.

Mismo ángulo.

Misma sombra.

Misma distancia respecto al borde.

La aparté.

Solo unos centímetros.

Necesitaba romper algo.

Cualquier cosa.

Cuando volví a abrir la carpeta encontré una fotografía nueva.

No recordaba haberla visto antes.

La taza aparecía desplazada.

Los mismos centímetros.

La misma dirección.

Sentí una presión incómoda en la nuca.

No miedo.

Reconocimiento.

Como si la imagen hubiera estado esperándome.

Comencé a buscar la fecha.

Me detuve.

Porque ya sabía que iba a hacerlo.

La fotografía contenía una nota.

Pequeña.

Casi fuera de foco.

Amplié la imagen.

Solo una línea.

«Esta vez tardaste más.»

Permanecí inmóvil durante varios minutos.

O quizá más.

No estoy seguro.

La siguiente captura mostraba algo todavía peor.

Al fondo de la habitación aparecía una figura.

Sentada frente a la mesa.

Observando la pantalla.

La resolución era insuficiente para distinguir el rostro.

Pero sí podía distinguir el cuello.

Estaba girado hacia la izquierda.

Amplié la imagen.

Después otra vez.

La fecha era anterior a la primera carpeta.

Anterior a las notas.

Anterior a la fotografía donde apareció la taza.

Me quedé observándola.

Intentando recordar.

Creo que tenía que mover el cuello.

O quizá ya había encontrado una fotografía donde lo estaba haciendo.

Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo el ruido de llegada…